En cierta ocasión una señora joven me preguntó en el confesionario: “Padre, ¿es verdad que cometo un pecado si me niego a hacer algo que va contra mi conciencia?”, yo le contesté: “¿Quién le dijo eso?”, ella me dijo: “A veces mi marido me pide hacer ‘cosas’ en nuestra vida íntima que me hacen sentir mal conmigo misma y yo le dije que yo no quería hacer eso, entonces él me dijo que yo estaba obligada a hacer todo lo que él me pidiera en la relación íntima, si no cometía un pecado, pero hay situaciones en las que yo me siento mal conmigo misma, o sea que mi conciencia me reclama, pero como mi marido insiste que estoy cometiendo pecado si me rehúso por eso he querido venir a preguntarle”, entonces yo le respondí: “Mire, hay un principio básico de la moral cristiana que dice ‘No es lícito actuar en contra de la propia conciencia, ya que ésta es la voz de Dios’, por lo cual cuando hacemos algo bueno, la voz de nuestra conciencia nos aprueba, y cuando hacemos algo malo, esta misma voz nos acusa y condena sin dejarnos en paz. La conciencia no sólo da un juicio después de que ya hicimos algo, sino también antes de tomar una decisión. Ella es testigo de nuestros actos y para dar su sentencia como juez, se basa en las leyes naturales que Dios ha escrito en el corazón del hombre. Es la facultad que descubre el valor de los principios de la ley moral y los aplica a una situación concreta. Juzga nuestras acciones concretas aprobando las buenas y denunciando las malas. Ordena siempre que dejemos el mal y que hagamos el bien. Cada persona debe prestar mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de la conciencia, es una exigencia de nuestra interioridad”, entonces ella me dijo: “¿Por lo tanto no cometo pecado al negarme a hacer algo que va contra mi conciencia?”, yo le dije: “El ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. No es lícito actuar en contra de la propia conciencia, ya que ésta es la voz de Dios. Actuar en contra de la conciencia es actuar contra uno mismo, de las convicciones más profundas y de los principios morales. Cuando hay duda sobre si es o no es pecado, siempre hay que actuar pensando que lo es. Obedecer a la conciencia es obedecer a Dios, por eso es importante seguir siempre lo que ella nos dicta”, entonces ella me respondió: “Padre, le agradezco mucho sus palabras, me siento más tranquila sabiendo que no cometo ninguna falta si me niego a actuar contra mi conciencia”, yo le dije: “Solo quiero añadir que es importante formar nuestra conciencia, porque sino puede deformarse, y un buen medio es la confesión frecuente, la dirección espiritual y estudiar el Magisterio de la Iglesia, especialmente el Catecismo de la Iglesia.

Todos debemos prestar mucha atención a nosotros mismos para poder oír y seguir la voz de la conciencia. La dignidad de la persona exige que tengamos una conciencia moral recta. Por la conciencia podemos asumir la responsabilidad de nuestros actos. Cuando elegimos libremente llevar a cabo un acto, la libertad nos hace responsables de los actos que, voluntariamente y siguiendo a nuestra conciencia, hemos realizado. Ahora bien, no todas las conciencias son iguales, pues solemos tener ciertas deformaciones, aunque sean pequeñas. La conciencia se puede formar o deformar. Una conciencia bien formada siempre nos invitará a actuar de acuerdo con nuestros principios y convicciones, nos impulsará a servir a los hombres. Una conciencia deformada puede equivocarse y presentarnos por bueno, lo malo. Esto puede suceder por ignorancia, por los criterios del ambiente en el que vivimos, por criterios falsos que hayamos interpretado como verdaderos o por debilidades repetidas.

Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.