En cierta ocasión un señor se acercó al confesionario y me contó su historia, me decía: “Padre, yo soy ‘divorciado’, vivo solo, aunque soy casado”, entonces yo le interrumpí para decirle: “Si usted y su esposa se casaron por la Iglesia aunque no vivan juntos no puede usted decir que es ‘divorciado’, porque el divorcio en la Iglesia no existe”, entonces él me cuestionó diciéndome: “¿Aunque ella me haya traicionado?”, yo le respondí: “Efectivamente, aun en ese caso siguen casados”, entonces él me preguntó: “¿Aunque ella se haya ido a vivir con otro hombre abandonando el hogar?”, yo le respondí: “Aun en ese caso, ustedes siguen casados, porque la infidelidad no destruye la unión sacramental, aunque dañe tanto la vida matrimonial”, entonces él me interpeló diciendo: “¿Aunque ya hayan pasado 3 años de esto?”, yo le contesté: “Aunque pasen 20 años o más, si ninguno de los dos muere o promueven algún proceso de nulidad matrimonial que lleve a un juez eclesiástico a declarar nulo su matrimonio ustedes seguirán siendo marido y mujer ante Dios”, entonces él me dijo: “Pues yo no entiendo cómo después de tantos atentados de ella a la fidelidad matrimonial seguimos aún casados”, yo le respondí: “Lo que sucede es que un matrimonio católico realizado válidamente no lo destruye la infidelidad, ni cualquier otro pecado que cualquiera de los esposos pueda cometer, la validez del matrimonio no termina con las faltas de los esposos, las cuales evidentemente pueden dañar su relación o convivencia matrimonial, pero no la unión sacramental que han llevado a cabo libremente de parte de ambos, esa solo acaba con la muerte”, entonces él me dijo: “Pues a mí me parece muy injusto esto, porque si yo soy la víctima en esta situación yo debería quedar libre para casarme, de hecho le confieso que ya estoy buscando pareja”, entonces yo le dije: “Mire, el sacramento del matrimonio es algo muy serio, por eso la Iglesia invita a los novios a considerar con detenimiento si su deseo de casarse por la Iglesia es legítimo, porque el sacramento del matrimonio no es un juego, que puede terminar cuando queramos, al contrario, es una unión para toda la vida, y por triste que le parezca usted no puede buscar ‘otra pareja’, porque no es libre para casarse”, entonces él me dijo: “Padre, ¿es que acaso yo no tengo derecho a rehacer mi vida?”, yo le contesté: “Si ‘rehacer su vida’ significa pasar por encima de su matrimonio y cometer adulterio creo que la respuesta es obvia, no, no tiene derecho a rehacer su vida”, él me dijo: “Pues qué injusta es la Iglesia y qué malos son los padres que no comprenden nuestro sufrimiento, con eso que me dice solo desalientan a los jóvenes a casarse”, yo le dije: “La Iglesia no ha inventado la indisolubilidad del matrimonio, ha sido el mismo Jesús, cuando dijo ‘entonces dejará el hombre a sus padres y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, por tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, la indisolubilidad del matrimonio ha sido instituida por el mismo Jesús, para salvaguardar la santidad y la inviolabilidad del matrimonio, la Iglesia no hace sino aplicar las enseñanzas de Jesús a la vida de los creyentes y eso de que los padres seamos malos o insensibles creo que es una injusta apreciación, porque los sacerdotes sufrimos con ustedes por estas situaciones que viven más de lo que se imagina y tratamos de ayudarles de muchas maneras a enfrentarlas, sin embargo, no podemos cambiar a nuestro antojo la voluntad de Jesús sobre el matrimonio o sobre cualquier otro sacramento o realidad instituida por el Señor. Y eso de que desalentamos a los jóvenes a casarse al hablar con sinceridad sobre el matrimonio no creo que sea verdad, al contrario, es mejor decir las cosas como son para conocer la realidad como debe ser vivida”.

Cómo nos hace falta conocer nuestra religión y saber más de los sacramentos de la Iglesia, para que los comprendamos en su esencia y los vivamos como Jesús los ha instituido. El matrimonio es una vocación para alcanzar la santidad a través de la formación de una familia. Los creyentes que deciden unir sus vidas en sagrado matrimonio reciben una ayuda especial de gracia que Dios les da para que puedan llevar adelante las cargas del matrimonio, para que puedan ser fieles el uno al otro. El sacramento del matrimonio es un medio de santificación que el Señor les concede a los esposos para ayudarlos a alcanzar los fines del matrimonio con el auxilio de su gracia. Ni los sacerdotes ni la Iglesia podemos cambiar los sacramentos a capricho, más bien debemos llevarlos a cabo tal como Cristo quiso al instituirlos. Por eso hay que conocerlos, para entenderlos y vivirlos en plenitud, para eso les recomiendo la lectura del Catecismo de la Iglesia.

Que Dios los bendiga. Nos leemos la semana que viene.

Pbro. Eduardo Michel Flores.