Hace un tiempo vino al confesionario una señora joven y en su confesión me decía: “Padre, tengo tres años de casada, mi marido y yo hemos intentado pero no hemos podido tener familia de forma natural, así que hemos decidido recurrir a la inseminación artificial, una amiga me dijo que la Iglesia no aprueba la inseminación artificial, pero yo me puse a pensar: si Dios permite que los seres humanos inventen tratamientos artificiales para producir la vida humana entonces debe ser algo bueno ¿o no padre?”, yo le respondí: “Mire, no todo lo que sea científica o técnicamente posible es moralmente bueno, esto significa que no porque se pueda producir la vida en un laboratorio es algo bueno moralmente hablando”, entonces ella me dijo: “Mi marido y yo tenemos mucho amor para dar, así que no creemos que sea malo desear tener un hijo”, yo le respondí: “Claro que no es malo desear tener un hijo, al contrario es algo muy loable. Por otra parte, lo que determina la moralidad de nuestros actos no es lo que nosotros opinemos sobre determinado tema, sino la ley de Dios, es decir, que quien dice que algo es bueno o malo no es el hombre sino Dios, así que no es lo que usted y su marido piensen sobre este tema lo que debe ser tomado cuenta para actuar lícitamente, sino lo que Dios dice en su ley y sus mandamientos”, entonces ella me dijo: “Padre, ¿es que acaso no tenemos derecho a tener un hijo?”, yo le dije: “La vida es un don, es un regalo de Dios, así que nadie puede esgrimir el llamado ‘derecho a tener un hijo’, porque no existe, simplemente porque no se puede tener derecho sobre alguien, eso es una aberración, podemos tener derecho sobre las cosas, pero no sobre las personas, no somos dueños ni creadores, sino administradores de la vida, por eso es deber de todo ser humano defender el carácter sagrado de la vida, desde su concepción hasta su muerte natural. Los niños deben ser fruto de un acto conyugal y no deben producirse en laboratorios como si fueran objetos, la fecundación y la inseminación artificiales son moralmente inaceptables, porque la fecundación debe ser fruto de un acto conyugal, el cual tiene dos finalidades: la finalidad procreadora y la finalidad unitiva, la persona no debe romper la conexión inseparable que Dios ha puesto en estas dos finalidades: unitiva y procreadora, so riesgo de pervertir el acto conyugal”, entonces ella me dijo: “Padre, ya entendí lo que me quiere decir, no había visto de esta manera la situación, ahora entiendo por qué me decían que era algo malo lo que queríamos hacer mi esposo y yo, le agradezco su explicación, me ha abierto los ojos, pero ahora le pregunto ¿Qué opción válida tenemos las parejas que no podemos tener hijos y deseamos un hijo?”, yo le dije: “La adopción es una de ellas, considérenla seriamente, investiguen los requisitos que se necesitan y procedan en consecuencia”.

A pesar de toda la buena voluntad que tengan los procedimientos de fecundación e inseminación artificial son moralmente ilícitos, porque manipulan la vida, poniéndose en el lugar de Dios, además desnaturalizan el matrimonio, atentan contra la procreación natural, y lesionan los derechos del niño, que es la parte más débil e indefensa. La fecundación e inseminación artificial atentan contra la dignidad de la persona precisamente por la grave manipulación que hacen de la vida humana, porque de facto instauran fábricas de niños. Con estos procedimientos artificiales de fecundación se atienden los mal llamados “derechos de los padres”, que desean tener un hijo a como dé lugar, pero se pasa por encima de los derechos del niño, que entre otros tiene derecho a ser concebido en un acto de comunión del amor conyugal.

Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.    

Pbro. Eduardo Michel Flores.