Una vez entró una señora al confesionario y me preguntó: “Padre, ¿es pecado sentir coraje contra políticos que aprueban leyes que dañan?”, yo le respondí: “¿Por qué me lo pregunta?”, ella me dijo: “Padre, tengo tres hijos y el mayor de ellos es adicto a las drogas desde hace muchos años, cuando era adolescente adquirió esa adicción, y ahora tiene 34 años, mi esposo y yo hemos sufrido mucho por eso, no sabemos en qué momento comenzó a consumir drogas, creemos que fue en la secundaria. Ciertamente cuando nuestros hijos eran más pequeños mi esposo y yo tuvimos que trabajar para sacar adelante a la familia, pero no creemos haberlos descuidado, aunque tal vez no les dimos la atención suficiente, lo cierto es que este hijo nuestro se hizo adicto sin nosotros saber cómo pasó, con mucho dolor hemos visto cómo se ha ido consumiendo por las drogas, lo hemos llevado a centros de rehabilitación, pero a veces no ha soportado estar ahí y otras veces apenas termina el programa de rehabilitación, sale y vuelve a recaer, ha sido muy desgastante para la familia, porque el carácter y el ánimo de nuestro hijo adicto es muy cambiante, dependiendo del grado de su intoxicación, a veces está eufórico, a veces deprimido, a veces tranquilo y a veces agresivo, ha golpeado a mi esposo y hasta ha amenazado con matarlo, incluso, con todo el dolor de nuestro corazón, le hemos tenido que llamar a la policía en varias ocasiones en estos años, porque lo creíamos capaz de hacernos daño si no lo hacíamos, lo hicimos para protegernos, pero él no lo ve así, porque nos ve como sus enemigos, muchas veces nos ha reprochado que lo hayamos internado contra su voluntad o que lo hayamos denunciado a la policía, pero a pesar de todo nunca lo hemos corrido de la casa, sigue viviendo con nosotros, sabemos bien que si lo corremos de la casa caerá aún más bajo en el mundo de las drogas y seguramente eso sería su muerte. Hemos visto cómo se han ido desapareciendo cosas de la casa, porque como no le damos dinero y él lo necesita para poder comprar lo que consume, por eso roba, porque ya es un adicto, entonces toma lo que encuentra y lo vende para tener dinero, han sido muchos años de dolor, de sufrimiento, de desesperación, si no fuera porque mi esposo y yo somos católicos practicantes y oramos mucho y recibimos los sacramentos, yo creo que hace mucho habríamos dejado esta situación que nos provoca sufrimiento constante. Y aquí es donde entra el coraje que siento, y es un coraje que tengo a los políticos que, con la mano en la cintura, y obedeciendo a no sé cuáles intereses, promueven y aprueban el uso de las drogas, como la marihuana, para uso personal, dicen que con la intención de que regulando lo prohibido disminuirá su consumo y se acabará el negocio de los cárteles. La verdad es que yo he leído mucho sobre el tema, porque evidentemente me interesa, y he sabido que en los países donde se ha despenalizado el uso de la marihuana en vez de disminuir han aumentado los adictos y no se acaba el negocio de quienes producen y venden. Yo quisiera que los políticos, antes de aprobar leyes como esas, convivan un tiempo con un adicto, viendo cómo sufre, cómo se consume, y cómo perjudica a su familia, deberían escuchar atentamente el testimonio de los padres de familia que tenemos un adicto en casa, porque esa experiencia es muy dolorosa, no se la deseo a nadie, porque es destructiva y demoledora. He visto cómo festejan y aplauden los que creen que es un logro que se aprueben leyes que despenalicen las drogas, no puedo entender cómo habiendo tantos problemas tan graves que aquejan a nuestro país, los políticos se pongan a hacer leyes que destruyen la vida, que atacan al matrimonio y a la familia, que dañan y envenenan a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Yo no soy una persona conocedora de las leyes, pero sí pienso que por sentido común los políticos deberían promover y aprobar leyes a favor de la vida, del matrimonio, de la familia, leyes que no dañen y envenenen a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, pero no lo hacen, por eso tengo coraje y le pregunto si cometo un pecado por sentirlo hacia esos políticos inconscientes que en vez de ayudar perjudican”, yo le respondí: “Los sentimientos no son pecado, enojo, coraje, son reacciones espontáneas que nosotros no decidimos tener, simplemente las sentimos, es algo natural, es la forma como reaccionamos ante situaciones que vivimos, así que no se angustie, no comete ningún pecado por sentir disgusto por la negligencia, o peor aún, por la mala voluntad de políticos que no cumplen su trabajo, y que en vez de hacer el bien hacen el mal, pero debe estar atenta de que ese enojo no se exprese con ofensas o injurias, o peor aún, con agresiones físicas, eso sí sería pecado”.

Cuando nos enojamos, perdemos el control, cambia nuestro carácter. Nosotros no elegimos perder el control y enojarnos, simplemente sucede como una respuesta natural y espontánea a situaciones que nos afectan. Por tanto, el enojo no es pecado, sino un estado emocional. Lo que sí es pecado es la conducta agresiva que surge del enojo, por ejemplo, deseos de venganza, guardar rencor, no querer perdonar. En la vida seguramente nos enojaremos más de una vez, pero debemos dominar el enojo y no permitir que tenga el control de nuestra vida. No podemos controlar cada sentimiento que tenemos, lo que sí podemos es controlar su reacción. Una cosa es sentir ira y otra muy diferente es ponerla en acción. Sentir no es consentir, por tanto, los sentimientos no tienen una connotación moral, es decir, no son buenos ni malos en sí mismos, así que tampoco son pecado. Cuando la ira no se controla, ésta puede llevar a la violencia, a la agresión de palabra o de obra que puede dañar o perjudicar a las personas, y eso sí es pecado.

Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.                         

Pbro. Eduardo Michel Flores.