Hace unos días me llamó un señor mayor para que fuera a confesarlo a su casa, fui, y al final de su confesión me decía: “Ya ve padre que estamos viviendo estos tiempos de pandemia y a mí y a mi esposa nos tiene muy preocupados, porque escuchamos noticias todos los días y hemos oído que es inevitable que la mayoría de la población tarde o temprano se va a infectar con este virus que tanto nos preocupa, y si bien nosotros somos personas de mucha fe, no deja de asustarnos este tema, porque aunque estamos tomando todas las precauciones necesarias, sin embargo el riesgo persiste porque somos conscientes de que somos personas de la tercera edad, y he de confesarle que he llegado a pensar que si yo me enfermo o mi esposa se enferma por nuestra edad y nuestra condición de salud probablemente moriremos, y aunque le repito somos personas de mucha fe, aun así me embarga un sentimiento de tristeza y de temor, por eso quiero preguntarle ¿es pecado para una persona de fe sentir miedo a la muerte?”, entonces yo le respondí: “Mire, la mayoría de las personas, incluidos los que decimos creer en Dios, tenemos miedo a la muerte. Nuestro cerebro responde de modo diverso a sensaciones y estímulos, provocados por distintas causas, y genera múltiples emociones, entre ellas el miedo. El miedo es una reacción natural y espontánea frente a lo que no conocemos o no podemos controlar. Por eso sentir miedo frente a una experiencia desconocida es normal y no debe considerarse pecado”, entonces él me interrumpió y me dijo: “Pero ¿aunque tengamos fe? Porque me hace sentir mal con Dios el hecho de decir que tenemos una fe profunda de años y sin embargo sentir miedo, se me hace como una falta de confianza o de fe en Dios”, entonces yo le respondí: “De ningún modo creo que sentir miedo frente a la muerte sea falta de confianza o de fe en Dios. Ya le decía que es una reacción espontánea e instintiva del ser humano, porque hemos sido creados para la vida, no para la muerte, y tenemos un instinto nato de supervivencia que nos lleva a buscar y a desear vivir, por eso frente a una amenaza a nuestra vida sentimos miedo, pero es normal, porque la muerte es un estado que nunca hemos experimentado en primera persona y como no sabemos qué se siente al morir por eso tenemos un miedo natural, pero no es pecado en manera alguna, incluso nuestro Señor Jesucristo experimentó ese miedo a la muerte en el Huerto de Getsemaní, no era un miedo que implicara desconfianza en Dios, sino una reacción natural de su ser frente a la muerte. Igualmente ha habido mártires y santos que frente a la muerte tuvieron miedo, según lo narran sus biógrafos, y lo sintieron no por falta de fe o confianza en Dios, sino porque eran humanos y su ser se resistía a la muerte, lo cual es completamente natural y comprensible”, entonces él me dijo: “Muchas gracias padre, por sus palabras, me quita un gran peso de encima, porque al miedo natural que experimento a la muerte tenía un gran sentimiento de culpa, porque creía que era pecado sentir ese miedo, pero ahora me deja más tranquilo, gracias”.

El miedo frente a la muerte es natural, no es pecado sentirlo. Sentir miedo frente a la muerte no nos hace pecadores, nos hace simplemente humanos, así que, si hemos sentido miedo o estamos sintiendo actualmente miedo frente a la muerte, especialmente ante la pandemia, no sintamos que es una traición a nuestra fe o un pecado de desconfianza en Dios, es solamente una prueba de que somos humanos frágiles y limitados que no tenemos respuestas frente a todas las preguntas que podemos plantearnos. Aprendamos a vivir con ese tipo de miedos, afrontémoslos con fe y confianza en Dios, no para ya no sentirlos, sino para que tengan sentido y significado, especialmente cuando nos llegue el momento de salir de este mundo y de ir al encuentro del Padre. Miremos la muerte como un paso que hay que dar, como la puerta a la eternidad. El miedo a la muerte física seguirá “estando allí”, espontáneo, legítimo e inevitable. Continuará siendo la reacción humana comprensible. Pero nunca podrá ser la actitud fundamental de quien cree en el Dios de la vida y en su Hijo, el Mesías resucitado, que tiene ya garantizado el sentido de plenitud de las luchas y de esta historia nuestra: Aferrarse a los miedos y temores de la vida jamás será la actitud de los genuinos creyentes en el Padre de quien nos dice: “No temas: Yo soy el primero y el último, el viviente. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Abismo” (Ap 1,17-18).

Que Dios los bendiga. Nos leemos la semana que viene.

Pbro. Eduardo Michel Flores.