Recientemente una señora joven se acercó al confesionario y me preguntó: “Padre ¿es pecado no ir a misa los domingos en este tiempo?”, yo le respondí: “¿Por qué me pregunta eso? ¿Usted acostumbra no ir a misa los domingos?”, entonces ella me respondió: “Así es padre, yo estoy casada desde hace 6 años, mi marido y yo tenemos dos niños pequeños de 5 y 3 años y no hemos ido a misa desde que comenzó la pandemia, pero la vemos por la televisión o por internet”, yo le pregunté: “¿Y exactamente cuál es el motivo principal por el que no han participado de la misa dominical en todo este tiempo?”, ella me respondió: “La razón fundamental es el ‘miedo al contagio’, teniendo dos niños pequeños no hemos querido ir a la Iglesia para evitar cualquier posible contagio”, luego yo, de forma muy inocente y sin malicia, le pregunté: “¿Entonces en todo este tiempo han permanecido en casa, usted, su esposo y sus hijos, sin salir para nada, ni siquiera al banco, al súper o al médico?”, ella me respondió: “Padre, sí hemos salido para ir a todos esos lugares”, yo le dije: “Bueno, se entiende que a esos lugares sí hayan ido, porque son servicios vitales, básicos y fundamentales, pero no han salido a otros lugares, ¿o sí?”, entonces ella, muy apenada, me dijo: “La verdad es que sí padre, sí hemos ido a esos y a otros muchos lugares, incluso hemos ido a fiestas y reuniones familiares y hasta de vacaciones en hoteles fuera de la ciudad y del país, en destinos turísticos”, yo le dije: “Pues es curioso que hayan ido a tantos lugares donde pueden contagiarse del virus, y, sin embargo, al templo no vayan, es como si de repente el virus de las iglesias y templos fuera más peligroso, o más letal, que el de otros sitios”, ella me dijo: “Lo que sucede padre es que tenemos miedo de ir a tocar un lugar en que una persona contagiada hubiera tocado, como las bancas de los templos, además en el templo no se garantiza la sana distancia y no creemos que en los templos pongan gel antibacterial en la entrada, ni tomen la temperatura o tengan tapetes sanitizantes, o saniticen las bancas después de cada misa”, a lo que yo le respondí: “La Iglesia ha observado al pie de la letra las normas sanitarias en espacios cerrados en esta pandemia, en los templos se pone en la entrada gel antibacterial, se toma la temperatura, hay tapetes sanitizantes, se han clausurado lugares para lograr la sana distancia al sentarse, se sanitizan las bancas después de cada misa, se dan indicaciones precisas para recibir la comunión, que en este tiempo por cuestiones de sanidad se recibe en la mano, para evitar posibles contagios si el sacerdote llegara a tocar accidentalmente la lengua o la boca de la gente”.

Se debe volver a la ‘normalidad de la vida cristiana’ regresando a las iglesias para participar de la misa dominical, respetando las medidas sanitarias ante los riesgos de contagio por la pandemia. Si no se vuelve a la misa presencial se puede ir diluyendo la fe hasta desvanecerse. Es urgente volver a la celebración presencial de la Eucaristía. La sola transmisión virtual de la misa hace que se corra “el riesgo de alejarnos del encuentro personal e íntimo con el Dios encarnado que se nos ha entregado no de forma virtual, sino real, diciendo: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56)”. Ninguna transmisión virtual es equiparable a la participación personal en la misa, ni puede reemplazarla. La misa en línea se puede volver un recurso para fomentar la flojera y el individualismo.

Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.