Hace poco llegó un señor al confesionario y me preguntó: “Padre, ¿es pecado no cuidar la propia salud y la de los demás?”, yo le dije: “¿Por qué me pregunta eso? ¿A qué se refiere exactamente?”, él me dijo: “Padre, yo tengo un negocio y hace unas semanas me enteré que el dueño de un negocio contiguo se contagió de Covid, lo cual es muy lamentable, pero como el señor tuvo una enfermedad casi asintomática decidió ir a trabajar como todos los díasentonces yo me molesté mucho, porque creo que él cometió una acción temeraria e imprudente al no cuidar su salud con el aislamiento indicado y al exponer a sus empleados y clientes a un contagio; incluso llegue a comentar con mis empleados que eso que él había hecho era un pecado grave, pero como me dijeron que tal vez estaba exagerando, me quedó la inquietud, por eso quise venir a preguntarle, para saber si efectivamente este señor cometió un pecado grave o no”, entonces yo le dije: “Mire, el quinto mandamiento de la Ley de Dios manda explícitamente ‘No Matarás’, y entre sus enseñanzas está que la vida y la salud física son bienes preciosos que Dios nos ha confiado, por tanto debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común. Así que, si una persona adquiereuna enfermedad grave y muy contagiosa y no se aíslacomo mandan los protocolos de salud, exponiendo a un contagio a las personas con las que tenga contacto, peca gravemente contra el quinto mandamiento de la Ley de Dios, porque expone su salud y su vida y la de los demás. El cuidado de la salud propia y ajena es, por tanto, una exigencia que se desprende de este mandamiento”, entonces él me dijo: “Padre, yo intuía que eso era un pecado grave, ahora que usted me lo ha aclarado me lo confirma, ahora debo buscar la forma de decirle a este señor que no está bien eso que hizo, porque creo que un deber nuestro es la corrección fraterna, ¿o no, padre?”, yo le dije: “Efectivamente un deber del cristiano es la corrección del hermano que ha cometido una falta, pero hay que hacerlo con prudencia y con caridad, para que pueda tener un buen efecto, porque a nadie le gusta ser corregido, pero si corregimos al que se ha equivocado con sencillez y humildad, sin el deseo de regañar o humillar, seguramente obtendremos un resultado positivo”.

El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, es al mismo tiempo corporal y espiritual. La Biblia expresa esta realidad al afirmar que “el Señor Dios plasmó al hombre con el barro del suelo, sopló en sus narices un aliento de vida y el hombre se volvió un ser viviente”. Por lo tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios. El cuerpo del hombre también participa de la dignidad de la “imagen de Dios”: es toda la persona humana que está destinada a volverse, en el Cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo. La Iglesia enseña que en “la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su propia condición corporal, sintetiza en sí los elementos del mundo material, que en él alcanza su plenitud y presenta libremente al Creador una voz de alabanza. Por lo tanto, debemos apreciar la vida corporal, estimar y honrar al cuerpo, porque fue creado por Dios y destinado a la resurrección en el último día. Hay que evitar todo lo que pueda hacer daño a la salud corporal, todo tipo de malos hábitos que puedan hacer mal a la salud y perjudicar el cuerpo. Todas las formas de vicios acaban afectando la salud; el cigarro, las bebidas alcohólicas y las drogas, de modo especial, hacen mal a la salud. Es necesario cultivar la virtud de la templanza, pues nos ayuda a evitar todotipo de exceso, el abuso en la comida, en el alcohol, el tabaco, las medicinas usadas de manera equivocada. Todo lo que pueda hacer mal al cuerpo es considerado por la Iglesia algo malo e indebido. También obliga al cuidado de la propia salud y de la de los demás, evitar todo riesgo innecesario en este renglón es un deber moral de conciencia y un deber elemental de caridad cristiana.

Que Dios los bendiga. Hasta la semana entrante.

Pbro. Eduardo Michel Flores.