En cierta ocasión una señora mayor entró en el confesionario y me dijo: “Padre, ¿es pecado entristecerse por envejecer?”, yo le respondí: “¿Porqué me pregunta eso? ¿Usted se ha sentido triste por eso?”, ella me respondió: “Efectivamente padre, yo me siento triste por ese motivo, por eso le pregunto”, yo le respondí: “¿Y cuál cree usted que es exactamente el motivo de su tristeza?”, ella me contestó: “Padre, me da pena decirlo, pero yo soy muy vanidosa y me entristece mucho ver cómo se va deteriorando mi cuerpo, ver que ya no puedo lucir como antes; simplemente me entristezco porque estoy envejeciendo, cada mañana me da miedo verme al espejo, porque me veo más vieja, veo arrugas en mi cara donde antes no las tenía, veo canas en la cabeza donde antes no las tenía, me canso más rápido al hacer las cosas que hacía antes, incluso hay cosas que ya no puedo hacer; me entristece mucho olvidarme de las cosas que debería recordar y saber que me estoy haciendo vieja, y todavía más me entristece no poder hacer nada para detener el envejecimiento”, entonces yo le dije: “Mire, es muy comprensible, humanamente hablando, que nos entristezca el hecho de saber que estamos envejeciendo y que no volveremos a ser jóvenes ni a vivir nuestra juventud. Constatamos que con el paso del tiempo vamos perdiendo nuestras habilidades motrices, que ya no podemos hacer todo lo que hacíamos cuando éramos jóvenes, es un hecho innegable, incluso que nuestra capacidad de raciocinio comience a deteriorarse, que nuestra memoria empiece a fallar, todo eso es muy comprensible que nos afecte emocionalmente, incluso el paso de los años puede provocar que nuestro cerebro ya no produzca las sustancias que necesitamos para estar estables emocionalmente hablando, por eso puede llegar la depresión, que en realidad tiene una explicación mucho más compleja; pero, para quienes tenemos fe, el envejecimiento no es más que la manifestación externa de la caducidad de nuestro ser, que va indicando que no vamos a vivir en este mundo para siempre, por más que nos guste o por más que nos hayamos acostumbrado a él, sino que vamos de paso y nos tenemos que ir preparando para nuestra morada definitiva, que está en el cielo”, ella me interrumpió y me dijo: “Padre, yo estoy consciente que tenemos que envejecer, pero es el afrontarlo lo que me entristece, soy una persona de fe, pero no por eso dejo de añorar mis días de juventud, los mejores años de mi vida”, yo le dije: “Y ¿quién le dice que los años de su juventud fueron los mejores años de su vida?, yo creo que los años dorados de la edad adulta deben ser los mejores años de nuestra vida, los años donde ya se recoge lo que se ha sembrado, los años de las metas cumplidas y de los bellos recuerdos, los años en los que se comparten las experiencias con los más jóvenes, los años en los que tenemos la riqueza de poder convivir con los hijos, nietos y bisnietos”, ella me dijo: “Tiene razón padre, son muchos los motivos para que estos años sean los mejores de la vida, solo que a veces la soledad, la debilidad o la falta de salud hacen perder la perspectiva de fe, la que le da un sentido sobrenatural a todo lo que hacemos y vivimos”, yo le dije: “Tiene razón, eso puede pasar, pero para eso tenemos la oración y los sacramentos, como la reconciliación y la eucaristía, para renovar nuestras fuerzas y refrescar nuestra visión de fe en la vida”.

A las naturales dudas de quienes ven agotadas sus energías, de quienes ven difícil afrontar la disminución de sus fuerzas, o sienten la soledad como una “carga demasiado pesada”, se puede responder con la invitación a abrir “el corazón al Espíritu Santo que sopla donde quiere” y “hace lo que quiere. El Espíritu Santo sigue suscitando hoy pensamientos y palabras de sabiduría en los ancianos: su voz es preciosa porque canta las alabanzas de Dios y custodia las raíces de los pueblos. Nos recuerdan que la vejez es un don y que los abuelos son el eslabón entre generaciones, para transmitir a los jóvenes la experiencia de la vida y la fe. Los abuelos son a menudo olvidados y nosotros olvidamos esta riqueza de custodiar las raíces y transmitirlas. Es importante que los abuelos se encuentren con los nietos y que los nietos se encuentren con los abuelos, porque -como dice el profeta Joel- los abuelos ante los nietos soñarán, tendrán ilusiones [grandes deseos], y los jóvenes, tomando fuerza de sus abuelos, irán hacia adelante, profetizarán. Es necesario atesorar la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones. No importa la edad que uno tenga, si sigue trabajando o no, si está solo o tiene una familia, si se convirtió en abuela o abuelo de joven o de mayor, si sigue siendo independiente o necesita ayuda, porque no hay edad en la que uno pueda retirarse de la tarea de anunciar el Evangelio, de la tarea de transmitir las tradiciones a los nietos. Es necesario ponerse en marcha y, sobre todo, salir de uno mismo para emprender algo nuevo. Hay que aprender a envejecer con fe y con una visión sobrenatural de la vida, para poder comprender que la vejez tiene sentido solo con una perspectiva de infinito y con una visión de eternidad.

Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.