Así me preguntó en cierta ocasión una señora en el confesionario: “Padre ¿Doy limosna en la Iglesia o hago caridad?”, yo le respondí: “¿Por qué me pregunta eso?”, ella respondió: “Mire padre, es que yo conozco a una persona que tiene grave necesidad y entonces yo me preguntaba si podría, en vez de dar limosna en el templo, darle ese dinero a ella”, yo le dije: “Son dos cosas distintas el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades y la obligación de hacer caridad al prójimo y no deberían entrar en competencia, sin embargo, en principio si una persona solo dispone de unos bienes escasos para ambas cosas, y duda sobre cuál obligación será más apremiante, si ayudar a la Iglesia o ayudar al próximo, sin dudarlo la obligación de hacer caridad al prójimo tiene prioridad”, entonces ella me preguntó: “¿En qué se basa para decir eso? ¿Acaso está en la Biblia?”, yo le dije: “Ciertamente esta es una enseñanza evangélica pero que entendió bien y explicó mejor un gran Padre de la Iglesia, san Juan Crisóstomo, el cual dijo: ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres hacer ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de qué serviría recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez? Piensa, pues, que es esto lo que haces con Cristo, cuando lo contemplas errante, peregrino y sin techo y, sin recibirlo, te dedicas a adornar el pavimento, las paredes y las columnas del templo. Con cadenas de plata sujetas lámparas, y te niegas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel. Con esto que estoy diciendo, no pretendo prohibir el uso de tales adornos, pero sí que quiero afirmar que es del todo necesario hacer lo uno sin descuidar lo otro; es más: os exhorto a que sintáis mayor preocupación por el hermano necesitado que por el adorno del templo. Nadie, en efecto, resultará condenado por omitir esto segundo, en cambio, los castigos del infierno, el fuego inextinguible y la compañía de los demonios están destinados para quienes descuiden lo primero. Por tanto, al adornar el templo procurad no despreciar al hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso que aquel otro”.

Si alguna vez nos viéramos en la disyuntiva entre ayudar al prójimo o ayudar a la Iglesia no dudemos nunca en hacer primero caridad al hermano necesitado, porque ese es el deber primero de un cristiano, según nos enseñó Jesús: “Ámense los unos a los otros tal como yo los he amado”. Sin embargo, para que quede claro y no dar lugar a malas interpretaciones hay que decir en qué se emplea la limosna que se deposita en los templos, esa cooperación económica que los fieles dan cada semana a la Iglesia se usa en primer lugar para pagar los gastos de la evangelización y la catequesis de niños, adolescentes, jóvenes y adultos, también se usa para hacer caridad a los pobres, para pagar a los sacerdotes de la comunidad que reciben un salario modesto para subsistir, luego se paga a los empleados: contador, sacristán, secretaria, personal de intendencia, etc. además, de la limosna semanal se pagan los servicios de un templo, como el agua empleada en los sanitarios o para regar los jardines, la electricidad consumida en el templo, los salones de pastoral y las oficinas, el teléfono que se emplea en la oficina y en la casa de los sacerdotes. También de la limosna se paga el mantenimiento de edificios, pintura, impermeabilización, cambio de lámparas fundidas, reparación de tubería dañada, sustitución de vidrios rotos, etc. También de la limosna se pagan el seguro de empleados, los impuestos sobre la renta y el impuesto predial, los servicios eventuales como fumigación, pulido de pisos, etc. Así que la próxima vez que vayamos a dar una limosna en un templo no dudemos en ser generosos ya que muy seguramente nuestro donativo será bien empleado.

Que Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.