Una vez un joven me preguntó: “Padre, ¿Cómo debe entenderse la virginidad de María? ¿en sentido espiritual o también corporal?”, yo le respondí:Hoy en día hay quienes afirman que la virginidad de María debe entenderse solamente como en sentido espiritual: su pureza interior, su entrega total a Dios. Sin embargo, reducirla solo a su sentido espiritual contradice la enseñanza constante de la Iglesia y diluye el misterio central de nuestra fe: la Encarnación del Hijo de Dios”.

La Iglesia proclama solemnemente que María fue Virgen antes del parto, en el parto y después del parto, no solo en sentido moral o espiritual, sino también en sentido corporal y real. Esta doctrina no es un detalle secundario de la piedad popular, sino una verdad profundamente conectada con la identidad divina de Jesucristo.

El Catecismo lo expresa así: “El nacimiento de Cristo, lejos de disminuir la integridad virginal de su Madre, la consagró” (499) y añade que María “permanece virgen al dar a luz a su Hijo, virgen aún después del parto” (510). Es decir: la virginidad física de María es parte del plan salvífico de Dios y un signo del origen divino del Salvador.

Los Padres de la Iglesia lo comprendieron con claridad. San Ignacio de Antioquía, discípulo de los apóstoles, afirmaba que nuestro Dios “fue llevado en el seno por María, nacido virgen” (Ef 19). Para San Ireneo, la obediencia virginal de María desató el nudo de la desobediencia de Eva, inaugurando una nueva creación. San Ambrosio veía en la “puerta cerrada” de Ezequiel (Ez 44,2) una profecía del nacimiento milagroso de Cristo. San Agustín, con su autoridad doctrinal, proclamó: “Virgen concibiendo, Virgen dando a luz, Virgen permaneciendo siempre Virgen” (Sermón 186). Así, la Tradición unánime ha sostenido este misterio como parte esencial del símbolo de la fe.

¿Por qué es tan importante afirmar esta virginidad corporal?

Porque asegura que Jesús no es fruto de voluntad humana ni de unión carnal, sino de la intervención del Espíritu Santo. Si el nacimiento de Cristo no fuera virginal, se debilitaría la verdad de su divinidad: ya no sería el Hijo eterno del Padre que toma carne en el seno de una mujer, sino simplemente un hombre dotado después de una misión divina. La virginidad de María está, pues, íntimamente unida a la confesión de que Jesucristo es Dios verdadero y hombre verdadero.

Por supuesto, la Iglesia también enseña la virginidad espiritual de María: su fe plena, su disponibilidad radical, su corazón completamente entregado al Señor. Pero esta virginidad interior no sustituye la corporal, sino que se ilumina mutuamente con ella. María es totalmente de Dios: en su cuerpo y en su alma. Ella es el inicio de la humanidad nueva, la mujer por la cual Dios entra en nuestra historia de modo único y maravilloso.

En un mundo que tiende a rechazar lo sobrenatural y a reducir toda verdad a metáfora, la virginidad perpetua de María nos recuerda que Dios actúa con poder en nuestra realidad concreta. María es el signo luminoso de la iniciativa de Dios que, sin intervención de varón, nos regala la salvación. Su virginidad, lejos de ser un obstáculo para creer, es la señal que nos invita a abrirnos con asombro al misterio de la Encarnación: el Verbo eterno se hizo carne por nosotros.

Conclusión

  • María fue Virgen antes, durante y después del nacimiento de Jesús.
  • Esta verdad protege la enseñanza de la Encarnación y la divinidad de Cristo.
  • La virginidad espiritual y corporal de María se iluminan mutuamente.

Profesar la virginidad corporal de María es parte esencial del misterio de Cristo.

Hasta la semana que viene, si Dios quiere.

Pbro. Eduardo Michel Flores.