En cierta ocasión llegó una joven al confesionario y me preguntó: “Padre, ¿cometo pecado si a veces no creo en Dios?”, yo le pregunté: “¿Cómo es eso de que a veces no crees en Dios? ¿Qué quieres decir con eso? ¿En qué momentos o situaciones de tu vida consideras que no crees en Dios?”, entonces ella me respondió: “Padre, es que a veces no siento a Dios cuando oro, a veces no experimento a Dios cuando voy a misa, por eso pienso que a veces no creo en Dios”, yo le dije: “Dices que ‘no sientes’ a Dios, a veces identificamos ‘creer con sentir’ y pensamos que ‘si no sentimos, no creemos’, confundimos la fe con un sentimiento o un afecto, si bien Dios se vale de los sentimientos y los afectos para que experimentemos la fe, sin embargo, la fe no es un sentimiento. A veces el Señor nos da la gracia de sentirla, pero la fe es mucho más que un sentimiento o un afecto. La fe es la relación que tenemos con Dios, nuestro Padre y con su Hijo Jesucristo, nuestro salvador, porque creemos que Él nos salvó, que dio su vida por nosotros. Ese es el punto central de la fe, una relación que se establece con alguien que sabemos que nos ama. Pensemos en los momentos difíciles de nuestra vida, en los que estábamos mal, en los que nos sentíamos perdidos, en los que estuvimos en peligro o en problemas, en los que estuvimos enfermos, si somos honestos aceptaremos que Cristo nos salvó, nos rescató. Abrazarse a esa experiencia de liberación, de salvación, es la raíz de la fe. Cuando una persona ora o va a misa, pero no siente nada, debe abrazarse a esa experiencia de salvación, de liberación, porque esa es la esencia de la fe”, enseguida ella me preguntó: “¿Entonces si no siento nada cuando oro o cuando voy a misa eso no es señal de que no tengo fe en Dios?”, yo le respondí: “A veces Dios nos concede experimentar lo que los santos llamaban ‘consolaciones del alma’, y nos permite ‘sentir bonito’ cuando hablamos con Él, cuando vamos a misa, cuando estamos delante del Santísimo, cuando vamos a un retiro espiritual, etc. Pero a veces sucede lo contrario, es decir, no experimentamos nada, no sentimos ningún consuelo o goce espiritual y, sin embargo, también ahí está Dios, a nuestro lado, en esos momentos de ‘noche oscura’ o ‘aridez espiritual’, cuando no sentimos nada, la fe debe ir más allá del sentimiento, porque la fe es una relación con alguien, la adhesión personal a Jesús, a su obra y a su mensaje”.

La fe no es un mero sentimiento o una emoción religiosa, sino que es una adhesión personal a Dios y a lo que Dios nos ha revelado en Cristo y que la Iglesia nos trasmite para que nosotros lo creamos. La fe es una adhesión convencida y libre a una persona: Jesucristo. Creemos porque nos damos cuenta de que es bueno creer. En la actualidad existe el peligro de reducir la fe a un mero sentimentalismo, cuando en realidad la fe es mucho más que eso, es el asentimiento interior a una experiencia concreta en la que una persona puede reconocer la acción de Dios en su vida. La fe es el reconocimiento y la afirmación de la presencia de Dios en nuestra existencia. La fe nos hace fuertes y nos impulsa en nuestra vida cotidiana. La fe comienza siempre con un encuentro con Jesús y prosigue en la vida con los pequeños encuentros cotidianos con Él. Debemos pasar de la fe aprendida en casa a una relación íntima y personal con el Señor que le dé sentido a toda nuestra vida. La fe es un don gratuito que nos ha hecho Dios, que nos amó primero. Nosotros hemos de acogerla, cultivarla, hacerla fructificar con obras de caridad. La fe es un don divino que exige una respuesta diaria.

Qué Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.