En cierta ocasión llegó un joven al confesionario y me dijo: “Padre, algunos de mis maestros se burlan de mi fe ¿Qué hago?”, yo le respondí: “A ver, explícame cómo es que tus maestros se burlan de tu fe”, entonces él me dijo: “Padre, yo estoy en una universidad del estado, soy alumno de la carrera de medicina y tengo varios maestros que en sus clases se burlan de los que tenemos fe”, entonces yo le pregunté: “Pero exactamente ¿Qué dicen? ¿Cómo es que se burlan de su fe?”, él me respondió: “Algunos maestros, que se dicen ateos, dicen que no les cabe en la cabeza que alguien quiera estudiar medicina, que está basada en la ciencia, y que al mismo tiempo tenga fe, que está basada en ‘creencias sin sustento’, bueno, eso dicen ellos”, yo lo cuestioné diciéndole: “Y tú o tus compañeros que tienen fe ¿Qué hacen? ¿Cómo reaccionan?”, él me contestó: “Yo me enojo muchísimo y me pongo a discutir con los profesores, y aunque tengo argumentos sólidos para defender mi fe ellos se cierran a aceptar lo que yo les digo y eso me da más coraje, porque no buscan la verdad, sino exponer sus ideas, por eso le pregunto ¿Qué hago? ¿Me pongo a discutir con los maestros en el salón de clases o mejor me callo?”, yo le dije: “Mira yo creo que debes actuar conforme a tu conciencia, es decir, debes hacer aquello que te dicte tu conciencia, si crees oportuno intervenir para no dejar que una persona se burle públicamente de tu fe entonces habla, di lo que piensas, defiende tu fe; pero si crees que es inútil intervenir, por ejemplo, en una conversación más privada, en la que notas que tu interlocutor está cerrado a dialogar y solo quiere imponerte sus puntos de vista, entonces no discutas, no vale la pena, dice el dicho popular ‘a palabras necias, oídos sordos’”, entonces él me preguntó: “Padre, y qué más puedo hacer, no quiero pecar de omisión si puedo hacer algo más”, yo le dije: “Puedes hacer lo siguiente, identificar a los compañeros que como tú tienen fe y hacer una carta denunciando al profesor o profesores que se burlen de su fe en clases, porque la ley garantiza el derecho de profesar la fe que uno quiera y prohíbe que los profesores de una escuela pública se expresen a favor o en contra de cualquier credo religioso, eso es lo que significa que la educación sea laica. Hagan esa carta y fírmenla los alumnos que se sientan afectados en su fe y en sus creencias y háganla llegar a la autoridad del plantel con copia a las autoridades universitarias del más alto nivel para que se le dé solución a este asunto y en la carta sutilmente sugieran que de no ser atendidos acudirán a los medios de comunicación a exhibir esta situación, y, como lo que menos quieren estas instituciones son escándalos mediáticos seguro pondrán remedio a esta situación”, entonces él me dijo: “Le agradezco mucho Padre, ahora ya sé lo que debo hacer”, yo le respondí: “De nada. Estoy para servirte”.

Qué lamentable es que profesores de carreras universitarias aprovechen la autoridad que tienen como docentes para expresar sus opiniones personales y que quieran imponerlas a los demás. Es aún más lamentable que se burlen de la fe de sus alumnos esgrimiendo argumentos falsos como el de la ‘oposición entre la fe y la ciencia’. La fe y la ciencia no se oponen, se complementan, porque persiguen el mismo fin, el conocimiento de la verdad, solo que lo hacen por distintos caminos, pero no opuestos sino complementarios. A quienes se encuentren en situaciones similares les invito a defender su derecho a profesar su fe, que es un derecho connatural al hombre y reconocido por nuestras leyes, defiendan lo más sagrado que tienen y que es su fe.

Nos leemos la próxima semana, si Dios lo permite.

Pbro. Eduardo Michel Flores.