Cuando Santa Teresita de Lisieux era pequeña presentó una enfermedad que la mantuvo en cama largo tiempo. Por sus síntomas y temores se piensa que sufrió una depresión. Teresita, con mucho dolor, acudió a María Santísima para pedirle su compasión. De repente, vio cómo la imagen que tenía al lado de su cama se animó, se tornó bellísima y sintió su sonrisa que le llegaba como un don de salud: “Su rostro respiraba inefable dulzura, bondad, ternura; pero lo que me penetró hasta el fondo del alma fue su hechicera sonrisa. En aquel mismo instante se desvanecieron todas mis penas”. A partir de ese momento Teresita descubrió, en la advocación de María como Nuestra Señora de la Sonrisa, una gran fuerza que la acompañaría siempre, tanto en la alegría como en el dolor.

Saber sonreir es un verdadero arte que se convierte en virtud cuando, mediante sonrisas, embellecemos la vida de los demás. En el mundo de las prisas y de las angustias, de la indiferencia y la desconfianza, una sonrisa que se te regala y te llega de manera sorpresiva puede ser fuente de nueva fe en la humanidad. De ahí la importancia de vestir nuestro rostro con sonrisas para dedicarlas con cariño a las personas que pasan a nuestro lado: a los jóvenes, que las pueden estar necesitando por sentirse decepcionados o aburridos ante el mundo caótico en el que vivimos; a los ancianos, que se sienten solos y tristes; a los que viven enojados, preocupados o cansados; a nuestros amigos, familiares y a los que no comparten nuestra manera de pensar o vivir.

Hay un poema muy bonito de Amado Nervo que trata de cómo un papá aconseja a su hijo y le recomienda ser generoso con sus sonrisas. Me gusta mucho ese poema porque el papá está buscando formar el corazón de su hijo mediante valores como la amabilidad, el silencio y la escucha atenta. Estas cualidades son difíciles de encontrar hoy en día por tanta competitividad, necesidad de sobresalir y excesos en el hablar. Las metáforas que utiliza el poeta para describir un rostro que no sabe sonreir son muy claras y nos invitan a apreciar el tesoro de los encuentros que pueden surgir al compartir sonrisas.

AMABLE Y SILENCIOSO

Amable y silencioso ve por la vida, hijo.
Amable y silencioso como rayo de luna…
En tu faz, como flores inmateriales, deben
florecer las sonrisas.
Haz caridad a todos de esas sonrisas, hijo.
Un rostro siempre adusto es un día nublado,
es un paisaje lleno de hosquedad, es un libro
en idioma extranjero.
Amable y silencioso ve por la vida, hijo.
Escucha cuanto quieran decirte, y tu sonrisa
sea elogio, respuesta, objeción, comentario, advertencia y misterio…

La sonrisa de la Virgen María curó la enfermedad de Santa Teresita. Esa sonrisa tuvo un poder especial que inyectó felicidad sobrenatural en una niña que sufría. Esa sonrisa le dio fuerzas para nuevas pruebas y ofrecimientos que vendrían, pero que ya jamás le quitarían el gozo interior. La sonrisa sería para Teresita como un emblema que haría que las personas a su alrededor la vieran como un refugio seguro de perfecta hospitalidad.

La sonrisa exterior, convertida en virtud, transforma a la persona y la invita a una vida de sonrisas interiores capaz de superar dificultades y sanar heridas. Teresita recibió la salud gracias a una sonrisa de la Virgen y aprendió a compartir las gracias recibidas con gentileza y alegría. El sello de la sonrisa es portador de paz, suaviza los ambientes, renueva comunidades y acerca a Dios.

El sacerdote Jose Luis Martín Descalzo escribió: “Si tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría el supremo arte de la sonrisa… Es, me parece, la cima de las expresiones humanas”. Al mirar a María, como Nuestra Señora de la Sonrisa, podemos pedirle también ese don. Un proyecto interesante sería reflexionar cada día sobre cómo fueron nuestras sonrisas, con quién las compartimos y qué lecciones nos dejaron. Sería como un examen de sonrisas que bien podría ser parte de nuestro examen de conciencia.

Termino con esta invitación de Jesús a la escritora francesa Gabriela Bossis que podemos encontrar en el libro Él y Yo: “Yo cuento contigo para embellecer la vida de los demás. Tú puedes lograrlo mediante los dones que te he dado; no dejes de hacerlo en unión con la alegría que Yo tuve cuando daba a los enfermos, a los pecadores, a los posesos. ¡Hay tanta gente que vive poseída por la tristeza o la malignidad! Piensa en Mí y libéralas de su carga con gracia, con una sonrisa. Enciende tu mirada en la mía y tu alegría en la mía; entonces eres fuerte, porque Yo te sostengo…”

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO