Cada ser humano posee dones especiales que necesitan ser descubiertos por un mundo envuelto en mediocridad y uniformidad. Hemos escuchado hablar de las inteligencias múltiples como un modelo de concepción de nuestra mente que nos permite utilizar diferentes capacidades para conocer y relacionarnos con lo que nos rodea. Como personas desarrollamos lenguajes diferentes con los que nos comunicamos con nuestros seres queridos, con nuestro ambiente y con Dios.

         Un ejemplo claro de apertura a la acción de Dios mediante diferentes talentos lo podemos encontrar en Santa Hildegarda de Bingen. Ella fue una mujer del siglo XII que revolucionó la Edad Media gracias a su docilidad al Espíritu Santo. En el año 2012, durante la celebración de Pentecostés, el Papa Benedicto XVI la nombró Doctora de la Iglesia Universal. Destacó como abadesa, poeta, compositora, ecologista, mística, doctora, profetisa y consejera. Pareciera que todas las inteligencias se conjugaron en ella.

         Desde muy pequeña tuvo visiones que mantuvo en secreto hasta que Dios la puso en la posición de expresarlas para servir a la Iglesia. Todo lo veía con los ojos del espíritu. Su humildad era impresionante, siempre quiso llevar una vida de anacoreta. Se llamaba a sí misma: “débil sonido de trombón” y “una plumita sujetada por Dios”. Estaba segura de que no existía nada grandioso en ella y siempre se describió como un ser diminuto. Afirmaba que todo lo que sabía y hacía era obra de Dios.

         San Juan Pablo II la describió como una mujer de ejemplaridad fascinante, defensora de la verdad y de la paz. Escribió libros donde plasmó sus conocimientos sobre ciencias naturales, médicas y musicales, así como de contemplación mística. Su obra principal, Scivias, significa: Conoce los caminos. Sentía gran fascinación por la creación. Para ella toda la armonía del cielo era un espejo de Dios, y el espejo de todos los milagros de Dios era el hombre.

         Su música produce una especie de elevación, como si se estuvieran escuchando ángeles. Ella definió la música como “una reminiscencia del saber divino que el hombre perdió después de la caída y como uno de los pocos lazos que todavía lo unen con las realidades espirituales y le alivian el agobio de verse lejos de la armonía celeste”. Para Hildegarda toda la creación era una sinfonía del Espíritu Santo, y el alma del hombre portaba una sinfonía dentro de sí, siendo asimismo sinfónica.

         Las heridas de Jesús Crucificado tenían un papel central en la teología de Hildegarda. Esas llagas eran la respuesta para la sanación de todas las angustias y debilidades. La curación del cuerpo y el cuidado del alma debían ir siempre de la mano. Su cariño hacia la Virgen María era muy fuerte y eso se  logra apreciar en sus escritos y poemas.

         Ante una vida tan fructífera como la de Hildegarda uno puede tomar dos posturas:
1) Ver a Santa Hildegarda como alguien raro y diferente, un genio al estilo de Leonardo Da Vinci, de los cuales hay uno entre millones.
2) Encontrar en Santa Hildegarda a una mujer sencilla, abierta al Espíritu Santo, que aprendió a ver desde su interior, procurando encontrar y ofrecer de ella todo aquello que le permitiera dar gloria a Dios.

         Esta última manera de apreciar a Santa Hildegarda nos puede ayudar a  descubrir y valorar nuestros propios dones y los de las personas que queremos. Realmente nos podemos asombrar de lo que podemos encontrar en ese abrir los ojos de nuestro interior para disponernos a alabar a Dios en todo lo que hagamos.  

Martha Moreno

Voces en el Tiempo