Aprendiendo las lecciones que nos da Dios en la vida.

Estos días vivimos días muy intensos, de constante preocupación y zozobra, con un virus letal circulando por el mundo con gran rapidez, situación que nos hace reaccionar de diversas maneras, hay quienes con sus conocimientos médicos tratan de dar pautas para prevenir el contagio, otros más, con la ciencia de por medio, intentan dar una explicación científica a este fenómeno, otros, con su saber económico tratan de prever los efectos que esto tendrá en la economía, hay quienes teniendo en sus manos las decisiones de un país o de una región toman decisiones para aminorar el impacto de esta epidemia, otros se cuestionan sobre las causas primeras de esta situación, y también hay quienes quieren aportar una reflexión de fe de esto que nos toca vivir.

Mucha gente no entiende lo que pasa, instintivamente toma decisiones para prevenirse de un mal que parece inevitable con el abasto de comestibles y, quienes son creyentes, con mucha fe y oración. Vienen días de aislamiento, días de cuarentena, vienen semanas muy duras; muchos hermanos que viven al día sufrirán la falta de empleo y por ende pasaran grave necesidad, y tenemos la oportunidad como sociedad de sacar lo mejor de nosotros, de aprender las lecciones que nos da la vida, aunque también podríamos dejar salir lo peor de nosotros y renegar de este grave desafío que nos toca afrontar, de nosotros depende.

Enseguida les propongo una serie de reflexiones en cuatro áreas que nos pueden ayudar a aprender lo que esta pandemia nos puede enseñar.

 

Dios

 

Nos habíamos olvidado de Dios, como el fundamento de nuestra vida, nos quisimos librar de la religión como de un “molesto estorbo para nuestra felicidad”, quisimos vivir una “moral light”, en la que “todo se permite”, dejamos de ir a misa, y de confesarnos, dejamos de orar porque ya no teníamos tiempo para la oración ni para la lectura de la Palabra de Dios, en fin dejamos de creer en Dios, porque ya no lo creíamos indispensable en una sociedad tan industrializada y desarrollada como la que habíamos creado, en la que creer era cosa de ignorantes o gente inculta…

Pero vino la pandemia y nos hizo volver a Dios, darnos cuenta de que sin él no somos nada, nos hizo darnos cuenta de lo importante que es tener una religión para darle sustento a nuestra vida y tener una moral de sólidos principios en la que se observen los mandamientos de Dios, nos hizo buscar de nuevo los sacramentos, especialmente la misa dominical, nos hizo orar de nuevo y leer con gusto la Biblia otra vez, la epidemia nos hizo darnos cuenta de la fragilidad de nuestra vida y de que todo, absolutamente todo, depende de Dios, en fin, el virus nos hizo creer en Dios de nuevo como nuestro padre providente que nos corrige porque nos ama, que nos amonesta porque no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

 

Prójimo

 

Nos habíamos vuelto indiferentes e insensibles a las necesidades del prójimo, al punto de ver al migrante como amenaza, al extranjero como enemigo y al pobre con desconfianza; nos habíamos hecho cada vez mas egoístas viviendo cada quien su vida sin pensar en los demás, nos preocupábamos solo de nuestras cosas sin darnos cuenta de que muy cerca de nosotros hay quien pasa gran necesidad; nos habíamos olvidado de los ancianos hasta el punto de ignorarlos y abandonarlos como si sobraran en la sociedad de consumo que habíamos creado; nos quisimos librar del no nacido como de un estorbo, quisimos invertir el orden natural redefiniendo el matrimonio y la familia a nuestro capricho y oponiendo a las mujeres contra los hombres y con ello nos creíamos “modernos” y “vanguardistas”, nos habíamos hecho tan lejanos estando tan cerca, el abuso del celular y de las redes sociales nos había alejado de familia llegando a impedir la convivencia familiar, nos volvimos extraños en nuestra propia casa, desconocidos de nuestros padres, hermanos e hijos…

Pero vino la pandemia y todo lo cambio, volvimos a mirar las necesidades del prójimo, volvimos a ver al migrante como a un hermano que abandonó su familia por necesidad, volvimos a ver al extranjero como a alguien con el mismo valor que nosotros; volvimos a ver al pobre como a un hermano igual en dignidad solo menos favorecido; volvimos a pensar en los demás, sabiendo que si el otro esta bien de salud y no le falta nada, también nosotros estaremos bien; la enfermedad nos hizo pensar de nuevo en los ancianos, ya que ellos eran los mas vulnerables al virus a quien había que cuidar con mas empeño, nos volvimos a reunir alrededor de ellos a escuchar sus historias que casi se habían olvidado; con las muertes inevitables que hay en una epidemia volvimos a pensar en el valor de la vida desde el seno materno, volvimos a valorar la vida de los niños con el valor que les da Dios, por el hecho de haberlos creado a su imagen y semejanza, volvimos a valorar la vida del no nacido porque de ella depende el futuro de nuestra sociedad; volvimos a valorar el matrimonio entre un hombre y una mujer, como el único medio eficaz, instituido por Dios, para repoblar el planeta, y renovar así los pueblos y ciudades más golpeados por la muerte de muchos de sus miembros. Nos dimos cuenta que enfrentar los sexos para que se destruyan solo lleva al desgaste y al aniquilamiento de la misma humanidad; vino el virus y redescubrimos el valor de la familia, encerrados todos juntos tuvimos la oportunidad de volvernos a escuchar, de volver a platicar, de saber de nosotros mismos lo que hace mucho tiempo no nos decíamos, tuvimos la oportunidad de volver a ser una familia, el virus nos volvió a hacer humanos, porque habíamos perdido nuestra humanidad.

 

Naturaleza

 

Estábamos destruyendo la naturaleza con la emisión incontenible de contaminantes y sin el menor ánimo de detenernos, estábamos contaminando el aire de las ciudades con smog y humo de las fábricas, estábamos resueltos a destruir los ríos y mares vertiendo en ellos todo tipo de desechos tóxicos sin advertir del daño a la naturaleza e intoxicando a las personas que viven en las márgenes de esos ríos solo por avaricia y avidez de ganancia…

Pero vino la pandemia y nos detuvo, se pararon las industrias, se detuvieron las fábricas, se paralizaron los transportes, se vaciaron las avenidas y las calles de las ciudades, cesaron los vuelos, entonces se limpiaron los cielos, el aire de las ciudades se hizo respirable por primera vez en mucho tiempo, se volvió a ver cristalina el agua de los ríos y lagunas, los niños pudieron bañarse de nuevo en lagos y arroyos y volvieron a beber agua de ellos sin temor a quedar intoxicados y a morir contaminados por desechos industriales; en fin, gracias a la pandemia la tierra entera reposó del calentamiento global provocado por las emisiones de gases, especialmente de dióxido de carbono que produce el efecto invernadero que cambia el clima del planeta, que descongela los polos, que derrite los icebergs, que seca ríos y lagos, que vuelve desiertos bosques y selvas, que produce tormentas e inundaciones cada vez mayores y provoca huracanes y tornados cada vez más destructivos y letales.

 

Nosotros

 

Nos habíamos vuelto tan soberbios, tan autosuficientes, nos creíamos indestructibles, tan poderosos, porque logramos tantos avances en las ciencias y en la técnica, nos sentíamos verdaderamente inquebrantables, tan fuertes y potentes, creíamos que nada ni nadie podría pararnos como humanidad, tantas conquistas, tantos logros, tantos inventos que hicieron la vida del hombre más sencilla, más fácil, pudimos crear teléfonos inteligentes, pudimos comunicarnos con personas que están al otro lado del mundo en segundos, pudimos crear miles de inventos que en otro tiempo podrían parecer siquiera inimaginables y más bien producto de la “ciencia ficción”, pensamos equivocadamente que nada ni nadie podría poner un limite a nuestra capacidad “creadora”, nos sentimos tan invencibles que creímos equivocadamente que “podíamos sustituir a Dios”, que “nosotros éramos Dios”, que todo estaba a nuestros pies, que podríamos hacer lo que quisiéramos con solo quererlo, que nuestro limite era la imaginación, que teníamos la cura para casi todas las enfermedades…

Pero de pronto llegó la pandemia y todo cambió, nos dimos cuenta de que no éramos tan invencibles o indestructibles como creíamos, que los avances en las ciencias y en la técnica de nada servían frente a un pequeño y microscópico virus que paralizó nuestro mundo, ese mundo tan moderno y tan avanzado del que tanto nos ufanábamos, un insignificante microorganismo vino a desestabilizarlo todo, la moderna y confortable vida que llevábamos, tan despreocupada de los valores trascendentes y tan ocupada de lo pasajero y temporal. No es malo que usemos la inteligencia que nos dio Dios para inventar e innovar, el problema es que nuestros logros nos hacen olvidar al que es la fuente de nuestro conocimiento y de nuestra sabiduría y nos hace absolutizar lo que es relativo y transitorio y erigirlo como absoluto y eterno y eso solo es Dios, nadie más, solo él es el único eterno, el único intemporal, el único todopoderoso, el único invencible, el único verdaderamente autosuficiente, el único que sustenta todas las cosas y por quien existen todas las cosas, todo fue creado por él y sin él nada nada puede existir de cuanto existe.

Aprendamos las lecciones que nos da la vida, incluso en este momento de adversidad, porque debemos bendecir a Dios en toda circunstancia, encomendémonos a Dios, nuestro Padre y pidámosle que tenga misericordia de nosotros y reconozcamos y confesemos al único que es Dios y Señor de nuestras vidas, Jesucristo, Señor nuestro, que es el mismo ayer, hoy y siempre, a quien sea dada la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

 

Pbro. Eduardo Michel