En el año de 1903, un periódico regional de Francia publicó un artículo que ensalzaba el talento musical de una jovencita de nombre Isabel Catez:

“La señorita Catez, primer premio de piano, de la clase de M. Dietrich, ha arrancado unánimes aplausos por el Capricho Brillante de Mendelssohn. Era un placer ver llegar al piano a esta joven que apenas tiene trece años y que es ya una pianista distinguida, con unos dedos excelentes, bella sonoridad y un verdadero sentimiento musical. Un primer paso como éste permite tener bellas y grandes esperanzas sobre esta niña”.

La vocación musical de Isabel era indudable. Contó con el apoyo de su familia desde pequeña y por eso tuvo la oportunidad de estudiar en el conservatorio de Dijon. El conjunto de sonidos, silencios y melodías la reconfortaban y la invitaban a la belleza y al arte. Dios había encontrado un medio idóneo para atraer a una niña que suspiraba por el mundo espiritual. Bien escribió el compositor Alberto Askenazi: “Nadie puede explicar cómo es que unas vibraciones en el aire pueden llegar directo al corazón. ¡Eso es la música! Un sendero hacia el espíritu!”. (Askenazi. COMPOSITORES. 2012)

El camino de Isabel se convirtió en una necesidad de Dios tan fuerte que descubrió que era llamada a llevar su música a un nivel más alto. Ya no nada más sentía que tenía que tocar música para Dios, sino que su actividad se volvió parte de su misma existencia: ahora ella misma sería música. Estaba invitada a ser “alabanza de Gloria” para Dios (Laudem Gloriae). San Pablo en una de sus epístolas había hablado de esa vocación contemplativa en la que encuentro trasfondo musical.

Siete años después de haber recibido por primera vez a Jesús en la Eucaristía, Isabel escribió:

“En el aniversario de ese día

en que Jesús de mí hizo su morada,

en que Dios tomó posesión de mi corazón,

tanto y tan bien que desde esa hora,

tras ese coloquio misterioso,

esta conversación divina, deliciosa,

sólo pensé ofrecer toda mi vida,

devolver un poco de su gran amor

al Esposo de la Eucaristía

que reposa en mi frágil corazón,

llenándolo de todas sus gracias” (Composiciones Poéticas)

Teniendo una promisoria carrera frente a ella, además de interesantes propuestas de matrimonio, Isabel decidió entrar al Carmelo. Su madre tuvo muchas dificultades en aceptar que su hija no cumpliera con las expectativas que se tenían sobre ella. Isabel sabía que le pertenecía a Dios y que lo hacía con una nueva misión no muy conocida: Ser casa de Dios, ser habitada por la Santísima Trinidad.

Toda la intensidad con la que antes vibraba por las rapsodias de Liszt o la música de Chopin fue a desembocar en humilde oración, entrega, amor profundo por cada ser humano y por la Voluntad de Dios. Toda la experiencia de vida de Isabel quedó atesorada en sus escritos que siguen inspirando a numerosas personas en su vida cristiana o en su retorno a ella. Isabel de la Trinidad encontró el secreto de la felicidad y su objetivo de vida, en gran parte, fue el compartir ese secreto de vivir un cielo en la tierra: “Creo que he encontrado mi cielo en la tierra, pues el cielo es Dios y Dios es mi alma”. La clave está en ese cultivo de la vida interior que reside en cada ser humano y que está esperando que se le descubra. Ante tantas distracciones que nos ofrece el mundo y confusiones sobre dónde encontrar el sentido de la vida, es esperanzador el aprender que sólo tenemos que entrar en el centro, en nosotros mismos, porque en nuestro interior está lo que da unidad a nuestra vida en el amor verdadero, que es el amor de Dios.

Isabel de la Trinidad muere muy joven a causa de la Enfermedad de Addison. En muy poco tiempo alcanzó la santidad mediante una vida de música, servicio y hospitalidad para Dios y su prójimo. Fue canonizada el 16 de Octubre del año 2016. Su Elevación a la Santísima trinidad es parte de las composiciones que compartió con la humanidad:

“Oh Dios, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme totalmente de mí para instalarme en Ti, inmóvil y tranquila, como si ya mi alma estuviera en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, Oh mi Inmutable, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de tu Misterio…”

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO