El escritor francés Fabrice Hadjadj, profesor de filosofía y literatura, de origen judío, se convirtió al catolicismo en el año 1998. Partiendo de la pregunta: ¿Aspira usted a alcanzar el éxito en su vida?, escribió el libro Tenga usted éxito en su muerte, donde propone un anti-método para vivir. Una de las ideas que maneja es la de que al final de nuestra vida, el niño que fuimos nos juzgará y nos preguntará: ¿Qué hiciste con mis esperanzas? Para el autor, los niños, por tener el alma grande, a diferencia de muchos adultos que la reducen, sienten la llamada al heroísmo, al logro de cosas difíciles y a los sueños de combatir todo tipo de mal. El espíritu de nuestra infancia nos invita toda nuestra vida a luchar por lo que nos da verdadera felicidad y a no quedarnos en la comodidad o en la indiferencia.

Este poema que les compartiré se los escribí a mis hijos hace ya muchos años. Ahí describí cómo veía a mis muchachitos en relación a tres figuras que venían en una pulsera que me regaló mi esposo. Al mayor lo identifiqué con una herradura por su fuerza y formalidad; al segundo con un corazón por su carisma y empatía y, al tercero, con un trébol de cuatro hojas por su espíritu y seguridad. Esa es la manera cómo yo los percibía en ese tiempo. Ahora han crecido. Espero en Dios que ellos, a lo largo de su vida, respondan con energía y entusiasmo a sus propias esperanzas infantiles. En esa espera paciente me animan mucho estos versos de San Juan de la Cruz: “Por una extraña manera mil vuelos pasé de un vuelo, porque esperanza de cielo tanto alcanza cuanto espera, esperé solo este lance, y en esperar no fui falto, pues fui tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance”.

Una pulsera describió mi destino,

tres símbolos cargados de amor y gracia;

uvas preparándose para un buen vino,

capullos sanos que no absorben falacias.

 

Primero herradura, fuerza que adivino,

mantiene firmes valores de familia;

mente maestra, disciplina en camino,

cumplir mandamientos, feliz en la villa.

 

Segundo balance, corazón ardiente,

goce de unidad, auténtica mirada;

invitación de Dios, semblante sonriente,

iluminación, la sabia carcajada.

 

Tercero el espíritu, voz combatiente,

dulce en la piedad, carácter misterioso;

feroz trabajador, íntegro y valiente,

conoces la vía, árbol cariñoso.

 

Fuerza, corazón, espíritu en mi cielo,

conjunto brillante, detalle esperado;

déjenme ayudar a potenciar su vuelo

para en su interior obrar por lo anhelado.

 

Sus nombres son mapas que indican el rumbo,

donados a Dios por dichoso apellido;

toda una misión, espadas que vislumbro

para que con fervor defiendan el nido.

 

Mirar a las alturas es nuestra insignia

de confianza en un designio misterioso

que atraviesa siglos, fiel a los estigmas

en el plan de Jesús justo y amoroso.

 

VOCES EN EL TIEMPO

Martha Moreno