En el año de 1996, estando embarazada de mi primer hijo, acompañé a mi esposo a un viaje de trabajo. Yo permanecería en el hotel mientras él asistía a sus juntas. Previendo que pasaría muchas horas en el cuarto, le pedí a mi mamá que me prestara un libro. El libro se llamaba Radiaciones del autor alemán Ernst Jünger. Era un diario que me envolvió inmediatamente y me invitó a hacer anotaciones tanto de frases como de autores que siguen muy presentes en mi vida actual. Jünger fue testigo de todo lo acontecido durante el siglo XX porque vivió 103 años e inició su carrera de escritor desde muy joven. Presenció las dos guerras mundiales, criticó duramente al régimen nazi, habló de los peligros de la tecnología sin control y siempre se adentró en el mundo del espíritu. En tres ocasiones leyó la Biblia de principio a fin afirmando que la Biblia no sólo era profética sino consoladora en grado sumo y manual de todo saber. Él no pertenecía a un credo religioso pero su sed de infinito se podía sentir al leer sus escritos.

Hubo una frase de su libro que sigue sonando muy fuerte en mi corazón: “¿Por qué te es mostrado a ti este espectáculo?” Cada vez que estoy ante algo maravilloso, sorprendente, bello, o incluso difícil, yo me pregunto por qué razón estoy ante esa situación, y busco llevar ese instante al agradecimiento, al asombro, a la oración o a una lección de vida.

Actualmente en mi librero tengo muchos libros de Jünger y me sigo preguntando por qué recibí el espectáculo de su obra. Su voz me acercó a una oración más profunda, a un sentido muy fuerte de gratitud y a una búsqueda de lo invisible en lo visible. Yo misma inicié uno de mis diarios con dos de sus preguntas: “¿Quién conoce las consecuencias de una mirada que nos rozó furtivamente? ¿Quién conoce el efecto de la plegaria que por nosotros rezó un desconocido?”

Ciertamente él vivió los efectos de las plegarias de desconocidos. Hace unos años cuando leía otro de sus libros titulado Sobre los acantilados de mármol, descubrí en el prólogo que Ernst Jünger se bautizó y entró en la Iglesia Católica en el año de 1996 cuando tenía 102 años. Fue el mismo año en el que yo me enfrenté con el espectáculo de su pensamiento. Me impresionó muchísimo cómo un alma que siempre anheló la verdad y la buscó con vehemencia no podía dejar de ser abrazada por Dios Padre que es rico en misericordia. La última frase de ese libro que hablaba simbólicamente de la importancia de la vida espiritual y de los peligros de los totalitarismos decía: “Y entonces traspasamos las puertas abiertas de par en par y era como si entrásemos en la paz de la casa paterna”.

“¿Por qué te es mostrado a ti este espectáculo?” La pregunta ha seguido produciendo un eco en mi mente cuando han llegado a mis manos libros sobre grandes hombres y mujeres que han dejado huella por la presencia de Dios en sus vidas. Algunos han sido santos, otros conversos que han arrastrado muchas almas hacia Dios, grandes artistas que han plasmado en pinturas o en su música ese deseo de lo alto, o incluso personas que por su búsqueda de la Verdad han ido caminando hacia el descubrimiento de la fuente del amor. Estas voces no han terminado de hablar ni terminarán nunca de hacerlo aunque pasen años o siglos.

En este día te invito a abrir tus sentidos, tu mente y tu corazón al espectáculo que nos muestran las voces de los amigos de Jesús que siguen entonando alabanzas a Dios y nos invitan a formar parte tanto del misterio de la comunión de los santos como de la trascendencia a nivel espiritual y humano.

 

AMDG