Reflexiones de fe en tiempo de epidemia

Muchas veces me he preguntado si será necesario encontrarnos con un ciego para estimar el don de la vista, si será necesario encontrarnos con un cojo o un paralítico para valorar que podemos caminar, si será necesario que nos encontremos con un pobre para valorar lo mucho que tenemos, si será necesario ver a una persona durmiendo en la calle para valorar nuestra casa, y nuestra cama, será necesario ver a un desempleado para valorar nuestro trabajo, o ver a un niño que pide limosna en las calles para saber lo agraciados que fuimos al poder ir a la escuela. Desgraciadamente pareciera que sí, porque nos acostumbramos tanto a los bienes y a las capacidades que tenemos que ya no las valoramos, que las damos por descontado, nos acostumbramos a las cosas, porque siempre han estado ahí, sin captar de veras el valor que tienen. Nos hemos habituado a que cuando abrimos un grifo en nuestra casa sale agua, nos hemos acostumbrado a que cuando encendemos un interruptor llega la electricidad y prenden los focos de nuestra casa o trabajo, y lo que debería ser tenido como una maravilla nos parece lo mas habitual, estamos tan habituados a que cuando vamos a una tienda o a un supermercado encontramos todo lo que queremos que se nos hace tan normal que haya de todo y más bien nos parecería anormal que no lo hubiera. Tal vez el problema de la sociedad de nuestro tiempo es que tenemos demasiado y nos hemos acostumbrado a ello, perdiendo la capacidad de maravillarnos por tener tantos satisfactores al alcance de la mano y casi sin esfuerzo. Bastaría con que saliéramos de nuestra zona de confort para darnos cuenta de todo lo que tenemos y no nos habíamos dado cuenta de ello. No necesitamos ir a otro país, en donde escasea el agua, para darnos cuenta de cuán afortunados somos de tener el vital líquido con tan solo abrir una llave, no es necesario que vayamos a un lejano pueblo que aún no tiene luz para descubrir que somos muy agraciados de tener corriente eléctrica en nuestras casas sin más esfuerzo que el de encender un interruptor. Y respecto a los días que estamos viviendo nos sucede algo parecido, es decir, nos habíamos habituado a tenernos cerca, a encontrarnos y platicar cuando quisiéramos, a poder saludarnos y abrazarnos cuando deseáramos que no habíamos valorado suficiente las caricias, los saludos, los besos y los abrazos de nuestros seres queridos, hasta ahora que no los tenemos, entonces sí los extrañamos, entonces sí nos hacen falta, no habíamos valorado lo suficiente a nuestros vecinos, amigos, familiares hasta ahora que no podemos visitarlos, encontrarlos y platicar con ellos. De veras que somos necios, porque teniendo las cosas a manos llenas no las aprovechábamos y no las valorábamos. Nuestra generación es la generación del máximo bienestar con el menor esfuerzo, y no es nuestra culpa, quienes nos antecedieron han trabajado y se han esforzado para que así fuera. Pero deberíamos ser mas conscientes de todo lo que tenemos al alcance, de todos los beneficios de que gozamos, de cuánto tenemos, para que seamos agradecidos con Dios, porque pueden llegar días, como los que estamos viviendo, en que no tendremos lo que teníamos y entonces sí nos daremos cuenta de que éramos ricos y no nos habíamos dado cuenta de ello.

Pbro. Eduardo Michel Flores.