¿Se nos está yendo el año 2020? ¿Un virus nos está robando el don tan preciado del tiempo que teníamos destinado a nuestros proyectos, actividades, amistades, viajes y descubrimientos? ¿Nuestro tiempo de vida está amenazado o estamos donde tenemos que estar en un aprendizaje de fe, esperanza y caridad para nuestras acciones y pensamientos?

Ante estas preguntas recordé las palabras del Eclesiastés: “Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa. Tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado… tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos”. Me llamó mucho la atención que nuestra situación actual de imposibilidad de encuentros con muchas personas que amamos ya estuviera prevista desde los tiempos de Cohelet. Quizá no podemos abrazar a los que no viven con nosotros, pero podemos entregar nuestro cariño de muchas otras maneras. No cabe duda de que no hay nada nuevo bajo el sol. Este es nuestro tiempo, un tiempo difícil que hay que integrar a nuestra existencia que ya nos ha dado muchas alegrías, pero que también hoy nos ofrece sabias lecciones ante la incertidumbre y el dolor.

En una ocasión, mientras estudiaba en la universidad, mi profesor de teoría del derecho me preguntó qué temas de vida me inquietaban. Yo le respondí que el misterio del tiempo me quitaba mucho tiempo. Estaba haciendo muchísimas cosas: carrera, prácticas profesionales, estudios sobre familia, los sábados daba catecismo, tenía novio, mi grupo de amigas, y muchos sueños y proyectos pendientes. No entendía cómo me iba a alcanzar el tiempo. No quería perderme de nada. Sentía que la vida se me podía esfumar de las manos. Después de escucharme atentamente, mi maestro me dio dos recomendaciones que me gustaron mucho: la primera fue que le llevara un libro que reflejara mis creencias (mi profesor no era creyente, más bien era un buscador de Dios). Unos días después le llevé mi Biblia. Él la tomó y la abrió al azar. Empezó a leer el salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes prados Él me hace reposar. A las aguas de descanso me conduce y reconforta mi alma. Por el camino del bueno me dirige, por amor de su Nombre. Aunque pase por quebradas oscuras no temo ningún mal”. Terminó de leer y me dijo que ahí estaba una primera respuesta: “No corras ni te presiones por el tiempo, no te falta tiempo; el Señor, que es tu pastor, te va llevando por su propio tiempo y no tienes por qué temer”.

Su segunda petición fue que leyera el libro de Momo de Michael Ende. Lo acabo de volver a leer después de muchos años. Momo era una niña que sabía vivir plenamente su presente. Ella contaba con muchos amigos. Sus cualidades principales eran saber escuchar y lograr que toda persona se sintiera valiosa ante su mirada. Ella fue la única que pudo descubrir a unos hombres grises que estaban robando el tiempo de los seres humanos engañándolos con falsas promesas de ahorrar tiempo. Ese supuesto ahorro estaba haciendo que los papás dejaran de pasar tiempo con sus hijos; que el tiempo de las personas para la reflexión, para los juegos o para la convivencia fuera rechazado por inútil; y que ya nadie se detuviera a contemplar una flor, a platicar con un amigo o a ayudar a alguien. Los hombres grises, que eran como hombres sin vida, que funcionaban pero que no sabían vivir, hacían creer a las personas que sus vidas se estaban desperdiciando al no estar logrando constantemente éxitos, poder, ambiciones o experiencias increíbles. Les prometían tiempo a futuro robándoles su presente. Con la ayuda del dueño del tiempo o Maestro Hora y de la tortuga Casiopea, Momo pudo salvar a la humanidad de ese activismo y automatismo que estaba haciendo desaparecer su esencia y su riqueza. Sólo ella pudo resistir la manipulación por saber estar presente, saber esperar, saber apreciar el tiempo que se le concedía, saber escuchar y saber amar. Algunas frases sobre ella son las siguientes: “Momo escuchaba a todos, a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua… Sólo Momo sabía esperar tanto y entendía lo que decía. Sabía que se tomaba tanto tiempo para no decir nunca nada que no fuera verdad. Pues en su opinión, todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión”. Momo me sigue enseñando a esperar, a valorar el presente y a escuchar los signos de los tiempos.

Esas dos lecciones profundas en mi juventud me están ayudando ahorita a ver con nuevos ojos este tiempo que ha traído sufrimiento y que también está frustrando a muchos por la libertad restringida. Es sólo la libertad exterior, más no la esencial que corresponde a nuestro ser moral y trascendente. ¿Qué don me está ofreciendo este tiempo con mi familia? ¿Qué puedo aprender hoy que no lo hubiera podido hacer en las prisas en las que me estaba moviendo? ¿Dónde había más ladrones del tiempo, en nuestros ambientes previos a la pandemia o en el actual? ¿Me sigue Dios dirigiendo hacia esas praderas donde puedo reposar y quitar temores? ¿He aprendido a esperar, a estar presente y a escuchar? ¿Estoy aceptando con madurez esta prueba y todas sus lecciones, o me estoy rebelando creyéndome dueña de mi propio tiempo?

Termino con estas frases para aterrizar el tiempo en la eternidad:

“Algunos dicen. –Los tiempos son malos- ¡Vivamos bien y los tiempos serán buenos porque los tiempos somos nosotros!”. San Agustín

“¡Oh Señor, no te pido tiempo para hacer esto o aquello. Te pido la gracia de realizar en el tiempo que Tú me concedes aquello que Tú quieres que haga”. Michael Quoist

“Todo pasa. Sólo Dios permanece”. Sta. Teresa de Ávila

“El tiempo abre todas las puertas a quien sabe esperar”. Proverbio

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO