Observando la imagen que hoy acompaña a este artículo quiero detenerme tanto en el personaje que es representado: Carlos de Foucauld, como en su pintor: Carlos Desvallieres. Ambos fueron hombres que dejaron huella en un período que abarca el final del siglo XIX y principios del siglo XX.
Los dos llevaron el nombre de “Carlos”, fueron franceses, conversos y devotos del Sagrado Corazón. Ellos consagraron su vida al servicio de Dios en sus respectivas áreas de especialidad.
Carlos de Foucauld venía de una familia noble y cristiana. Nació en Estrasburgo, Francia. Sus padres murieron cuando él era pequeño. A raíz de tantas tristezas perdió la fe a los trece años, decidió irse de militar e hizo a un lado todo lo que lo unía a su pasado virtuoso. Le tocó estar en África y ahí observó a los musulmanes quienes lo impresionaron por ser hombres de profunda oración. Eso lo impactó mucho. ¿Por qué él, proveniente de una familia cristiana católica, hizo a un lado su identidad? Al cuestionarse su fe inicia una búsqueda de Dios. Vuelve a Paris y acude a un templo. Curiosamente el templo elegido fue el de San Agustín. Si recordamos, San Agustín fue uno de los más grandes santos conversos de nuestra historia. El día 30 de octubre de 1886 se acercó al confesionario y pidió ayuda al sacerdote para aclarar sus dudas de fe. El Padre Henri Huvelin lo recibió y le señaló que para creer se necesitaba un corazón puro. Al principio él no entendía por qué tenía que recibir los sacramentos antes de aclarar sus preguntas, pero luego una vida de amor en Cristo le demostraría que se necesita purificar el corazón y pedir la gracia de la conversión, antes de poder aclarar la mente que todo lo complica. Estando en gracia, después de confesarse y comulgar, recibió la fe como un don de Dios. Desde ese momento sintió que ya no podía vivir sino para Dios. Estas fueron sus palabras:
“Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para él. Mi vocación religiosa data de la misma hora de mi fe. ¡Dios es tan grande! Hay tanta diferencia entre Dios y todo aquello que no lo es.”
Una vez recuperada su fe inició un largo camino de aprendizaje: se fue a un monasterio, vivió un tiempo en Nazaret, tomó a la Sagrada Familia como su meta de vida y consiguió permiso para vivir en Argelia en una comunidad de indígenas tuaregs. Su idea fue llevar la presencia Eucarística de Jesús a vivir entre ellos, sin buscar evangelizar propiamente. Primero quiso preparar el terreno sirviendo a este pueblo, siendo amable con ellos, y hablando de Jesús sólo cuando le preguntaran por la razón de su bondad.
De la voz de este primer Carlos hay tanto que escuchar:
“Jesús, María, José, atraedme: corremos detrás de vosotros a la fragancia de vuestro perfume. Aprenderé de vosotros a callarme, a pasar oculto por la tierra como un viajero en la noche.”
“Seamos los amigos de los que no tienen amigos. Seamos los padres, los hermanos, los hijos de los abandonados, de los desheredados, de los miserables, y seremos los padres, los hermanos, los hijos de Jesús… Todos, el más pobre, el más repulsivo, un recién nacido, un viejo decrépito, el ser humano menos inteligente, el más abyecto, un loco, un pecador, el mayor pecador, el más ignorante, el último de los últimos, el que más repugna tanto física como moralmente es un hijo de Dios, un hijo del Altísimo, acompañado de un ángel de la guarda resplandeciente de belleza y poder. ¡Cómo debemos valorar a todo ser humano, cómo debemos amarle! ¡Es hijo de Dios! Amemos a todo hombre, porque es nuestro hermano y porque Dios quiere que le miremos y le amemos muy tiernamente como tal…”
Su oración de abandono es mundialmente conocida: “Padre mío, me pongo en tus manos; Padre mío, me abandono a Ti, confío en Ti; Padre mío, haz de mí lo que quieras, lo que hagas de mí te lo agradezco; gracias de todo, estoy dispuesto a todo; lo acepto todo; con tal de que tu Voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas… Me pongo en tus manos con infinita confianza, pues Tú eres mi Padre”.
El 1º de diciembre de 1916 Carlos muere violenta y dolorosamente, como había anotado en su diario esa misma tarde: “Vive como si tuvieras que morir mártir hoy”. Fallece al instante, de rodillas, y así es sepultado en el fuerte. El 13 de noviembre del año 2005 es beatificado en Roma.
El segundo Carlos se apellida Desvallieres. Nació en 1861, fue un pintor simbolista, discípulo de Gustave Moreau y amigo del también pintor converso Rouault. Cuando conoció al escritor Leon Bloy recibió una gran ayuda espiritual. En el año de 1904 se convirtió en el Santuario de Nuestra Señora de las Victorias en Paris y se puso al servicio de la expresión artística religiosa de su época. A partir de su conversión se dedicó a promover el arte cristiano. En 1911 creó el proyecto de una escuela de arte religioso bajo la protección de la Virgen María. Se volvió terciario dominico y una de sus hijas entró a la orden de Clarisas pobres en Mazamet. En el año de 1931 Carlos Desvallieres pinta el poster de Carlos de Foucauld. Desvallieres falleció el 4 de octubre de 1950.
El beato Carlos de Foucauld y el pintor Carlos Desvallieres son ejemplos de conversiones del siglo XX que nos siguen invitando a ese camino de Jesús que sí se puede seguir. Ellos son fuente de esperanza. El Corazón de Jesús nos sigue esperando para ser testigos del amor de Dios en el lugar donde nos encontremos. Te propongo escuchar su Voz.
Voces en el Tiempo.
Martha Moreno