Las palabras de los poetas pueden ser verdaderos bálsamos en tiempos de necesidad. Hoy les compartiré unas notas sencillas del gran Rainer María Rilke, uno de mis consentidos, quien sostuvo abundante correspondencia con grandes personalidades de su tiempo y con personas que compartían sus intereses. Espero que Rilke los pueda mover, como a mí, a un descubrimiento de ese centro interior que nos llama a encontrar nuevas formas de reconstruir nuestro mundo, tanto a nivel interior como exterior, partiendo de lo pequeño y sencillo.

De la Carta a Helmut Westhoff, en las Cartas del Vivir (12 de noviembre de 1901): “La mayoría de las personas no sabe que el mundo es bello y que las cosas más pequeñas –una flor diminuta, una piedra, una corteza, una hoja de abedul- irradian luz y son espléndidas. Los mayores, con todos sus quehaceres y ansiedades, atormentándose por nonadas, ya no perciben estas riquezas, que los niños, si son buenos y están atentos, muy pronto descubren y aman con todo su corazón. Sin embargo, lo mejor sería que todos se esforzaran por seguir siendo en esto como un niño, atento y bueno, inocente y piadoso en su corazón, y que no estropearan el don de alegrarse de la hoja de abedul, de la pluma de un pavo real, o del ala de una corneja, como también de un monte muy alto o de un magnífico palacio. Porque, de la misma forma que lo grande es grande, lo pequeño no es pequeño. Una gran belleza eterna empapa al mundo entero, equitativamente repartida entre lo pequeño y lo grande… A medida que me voy haciendo mayor, más sé que hay mucha belleza esparcida en el mundo, que casi todo es belleza”.

De la Carta a una muchacha, en las Cartas del Vivir (20 de noviembre de 1904): “En lo difícil se encuentran las fuerzas amigas, las manos que operan en nosotros. En lo difícil hemos de tener nuestras alegrías, nuestra dicha y nuestros sueños… Sólo en la oscuridad de lo difícil tiene sentido nuestra mejor sonrisa”.

De las Cartas en torno a un jardín: “Se necesita el arte o todos los recursos y las esperas de la infancia, y la contribución constante de tantas cosas, para soportarse, solo: una casa que consienta; un jardín inocente y generoso; la curva de los pájaros en el aire; vientos, lluvias, recuerdos y la calma de un cielo estrellado hasta el infinito: ¡todo esto para que un ser humano pueda avenirse con su corazón”.

De las Cartas en torno a un jardín: “Le envío algunas muestras de lo mejor que mi jardín ofrece ahora. Casi todos los días paso unos momentos entre mis rosas, combatiendo por ellas, cuyas espinas no son de ninguna utilidad contra sus más terribles enemigos. ¿Hubo siempre tantos peligros, tantas hostilidades absurdas, tantas amenazas de enfermedad en cada jardín? ¿Es que los jardines de antaño, con sus flores sencillas y piadosas, no estaban menos amenazados, antes de que la química se metiera en ellos? El mío a veces me parece un hospital de flores… Si usted pasara por él, no saldría de su oficio actual de estar entre enfermos”.

Con Rilke como inspiración, les comparto este poema que escribí. El asombro y la atención nos pueden ayudar mucho ahora.

 

Dedicar la atención hacia el detalle

de una gota ya igual al mar entero,

del pétalo, jardín de mis anhelos

y la luna, compendio del misterio,

 

para ver la grandeza del pequeño,

lo oculto de los mundos verdaderos,

lo poco que se aprecia al mensajero

que sólo buscar dar un fuego nuevo.

 

La atención como fuente de cariño

en respuesta ante el complejo vacío;

un amor que se muestra peregrino

hacia el cielo de los nobles amigos.

 

Fijar toda atención en el madero,

mandamiento volcado en gozo pleno,

es misión que realiza todo sueño

y levanta corazones en vuelo.

 

Despertar la atención en valentía,

mientras duermen las ciudades de día,

es entrar en posibles utopías

que arreglan una tierra en agonía.

 

Ante tantas ilusiones perdidas,

los santos nos muestran su valía,

la Virgen es camino de subida

y sólo Dios nos da la bienvenida.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO