Un domingo vino una señora al confesionario y me dijo: “Padre puedo hablar con usted?”, generalmente en el confesionario la petición que escuchamos más bien es esta: “Padre, ¿puede confesarme?”, por eso entendí que tal vez aquella era una situación especial, por eso inmediatamente le dije: “Sí, con mucho gusto, pase usted”. Entonces me dijo: “Padre le pedí hablar con usted porque creo que no puedo confesarme”, y yo le pregunté: “¿Cómo es eso? ¿Por qué dice eso?”. Entonces comentó a explicarme su situación, me dijo: “Tengo diez años sin confesarme…”, en ese momento la interrumpí para preguntarle la razón, ella me dijo: “Hace diez años que me acerqué a confesar por última vez y el sacerdote me dijo que yo no podía confesarme” le pregunté yo el motivo y ella continuó: “Hace diez años cuando me acerqué a confesar tenía un hijo sin casar a la Iglesia y el padre me dijo que yo y mi marido no podíamos confesarnos ni comulgar, porque nuestro hijo estaba viviendo en amasiato”, en ese momento le dije: “Pero ¿por qué dejó pasar diez años sin confesarse?, ella me dijo: “Porque mi hijo sigue viviendo sin casarse a la Iglesia y por eso yo creo que sigo sin poder acercarme a los sacramentos”, yo le pregunté: “Usted estaba o está de acuerdo con que su hijo no esté casado a la Iglesia?”, ella me dijo rotundamente: “De ninguna manera, al contrario, yo siempre le insistí a mi hijo que se casaran”, entonces tratando de entender le volví a preguntar: “Y su hijo ¿vivía o vive en su casa con la persona con la que se juntó?” y me dijo rápidamente: “No, ellos han vivido siempre a parte”. Luego le dije: “Pues entonces usted no tiene ningún impedimento para confesarse y comulgar”, entonces se le iluminó su rostro y me dijo: “¿De verdad padre? ¿Me puedo confesar y puedo comulgar?” y yo le reafirmé: “Por supuesto”, entonces le expliqué lo que yo creo que fue lo que sucedió y es que en otro tiempo los sacerdotes para que los papás convencieran a los hijos a casarse por la Iglesia les decían que ellos no podían acceder a los sacramentos mientras sus hijos estuvieran en esa situación irregular, así los papás se veían forzados a obligar a sus hijos a casarse y evitar así que se multiplicaran las parejas en unión libre. Ciertamente los tiempos han cambiado, esto no quiere decir que haya que ver hoy como normal o menos como bueno lo que antes era malo. Es preocupante que las personas se vayan a vivir juntas sin casarse, porque eso habla del poco aprecio que le tienen al matrimonio religioso, pero lo cierto es que los pecados de los hijos no pueden imputarse a los padres, si los padres de familia no están de acuerdo con que sus hijos vivan en unión libre pero ellos aun así quieren hacerlo, es decisión de los hijos y no de los padres, por tanto no es responsabilidad de los papás las decisiones de sus hijos, máxime cuando ellos se oponen a ellas.

La Sagrada Escritura nos enseña que cada uno es responsable de sus propias acciones y que los pecados de los padres no pueden pagarlos los hijos, pero tampoco viceversa, los papás no pueden ni deben pagar por los pecados de los hijos, cada uno es responsable de sus propios actos. Seamos conscientes de esto para no culpar a nadie de pecados que no haya no cometido. Hasta la próxima.

 

Confidencias del confesionario.       P. Eduardo Michel Flores.