“Quédate en casa” ha sido la petición que se ha hecho a todas las personas que tienen posibilidades reales de hacerlo, como una forma de ayudar a evitar la propagación de un virus que ha sacudido y detenido nuestro mundo. La idea de permanecer en casa puede ser vista por muchos como una verdadera protección, para otros como una imposición; habrá quienes vean esta experiencia como algo muy difícil por su soledad o vulnerabilidad, y también encontraremos personas que están descubriendo en el confinamiento oportunidades muy valiosas de reconexión con sus seres queridos, con su interior y con Dios.

¿Qué es realmente estar en casa o volver a casa? ¿Hemos estado antes verdaderamente en casa? ¿Le hemos dado valor a los dones de intimidad, encuentro, auto-conocimiento y seguridad que nos ofrece nuestro hogar?

Hace unos días estuve reflexionando en esas preguntas y, apoyándome en el calendario litúrgico, encontré en San Rafael Arnáiz (Hermano Rafael), en Nuestra Señora de Montserrat, en San Luis Grignon de Montfort y en Santa Catalina de Siena, celebrados en ese orden del 26 al 29 de abril, profundas lecciones sobre la idea de reconocer nuestra casa y permanecer alegres en ella.

El Hermano Rafael (1911-1938), por su vocación a la vida consagrada, tomó como hogar la Trapa de San Isidro de Dueñas, en Palencia, España. Su casa era el mismo Dios quien lo animaba a una entrega total y feliz. El contacto con su familia de origen continuó hasta su muerte y eso se puede descubrir en sus cartas donde reflejaba muchísimo cariño y les daba sabios consejos. Sus palabras nos hacen entender qué significaba la casa o monasterio para este humilde fraile: “En el monasterio pasan los días… ¿qué importa? Sólo Dios y yo… Vivo aún en la tierra rodeado de hombres… ¿qué importa? Sólo Dios y yo… Y al mirar el mundo, no veo grandezas, no veo miserias, no veo las nieblas, no distingo el sol, y en el punto hay un monasterio, y, en el monasterio, sólo Dios y yo”. ¿Por qué amaba San Rafael su monasterio como un hogar del que sólo salió muy pocas veces por motivo de su enfermedad (diabetes)? Él nos lo explica: “El monasterio va a ser para mí dos cosas. Primero: un rincón del mundo donde sin trabas pueda alabar a Dios noche y día; y, segundo, un purgatorio en la tierra donde pueda purificarme, perfeccionarme y llegar a ser santo. Yo le entrego mi voluntad y mis buenos deseos. Que Él haga lo demás”.

Pensar en Nuestra Señora de Montserrat y en su santuario es una forma linda de apreciar el lugar sagrado y maravilloso que podemos crear en nuestra propia casa. La belleza de esa montaña donde reside la Virgen es impresionante. El escritor Goethe dijo: “En ningún lugar encontrará el hombre la serenidad sino en su propio Montserrat”. En general, cualquier santuario de María nos invita a la paz y nos brinda esperanza. ¿Qué estamos haciendo en estos días para que nuestro hogar esté siendo fuente de belleza, de paz y de esperanza? Una manera segura de hacerlo es invitar a la Virgen para que nos proporcione esa serenidad que combata cualquier miedo, esa belleza que nos inspire y nos dé fuerza ante las noticias tristes, y esa esperanza que nos levante para seguir animados y animando a otros. Sigamos el consejo de Goethe y hagamos que nuestra casa sea Montserrat.

San Luis Grignon de Montfort, con su propuesta de consagración total a María, Totus Tuus, nos dejó claro que su casa era la casa de la Virgen. Su “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” sigue siendo un camino de vuelta a casa o de permanencia en casa seguro, fácil y perfecto. Ese permanecer en casa con María proporciona auténtica libertad aun en tiempos de encierro o crisis, y propicia el nacimiento de virtudes que devuelven el corazón al hogar.

Por último, Santa Catalina de Siena, mujer de misión, apóstol de paz y reconciliación, es una excelente maestra de ese regreso a la casa espiritual que tanto necesita nuestro mundo. Ella, inspirada por el Espíritu Santo, logró que el Papa volviera de Avignon a Roma, hogar de la Iglesia. En una vida ofrecida a Dios como terciaria dominica, fue la madre espiritual de una familia que creció a su lado y dio mucho fruto. Su énfasis en lo importante de tener una celda interior nos lleva a descubrir esa bondad de Dios que en nosotros habita. Encerrarse en la celda interior del propio conocimiento es querer ver todo bajo la luz de la Verdad que es Dios. En estos tiempos de aislamiento del exterior, ¿podemos abrirnos a nuestra celda interior para salir renovados?

Nuestra Madre María, el Hermano Rafael, San Luis Grignon de Montfort y Sta. Catalina de Siena nos pueden ayudar mucho. Primero, a reconocer y valorar nuestro hogar y segundo, a renovar nuestro sentido de presencia, pertenencia y permanencia en él. Las casas luminosas y alegres son siempre acogedoras, aun cuando las circunstancias por las que te quedas en ellas no hayan sido libremente elegidas. Que esta estancia en nuestras casas nos renueve el corazón, nos haga valorar lo esencial y nos brinde esperanza, para poder salir más adelante fortalecidos a seguir ofreciendo nuestros dones a los demás.

 

VOCES EN EL TIEMPO

Martha Moreno