Durante la pandemia he entrado en la conciencia de la bondad de los sentidos que nos conectan con las maravillas de la tierra. He pensado mucho en el valor tan grande del sentido del olfato. Muchas personas han perdido su capacidad de percibir aromas al estar enfermas de Covid.

Perder el olfato realmente implica una desconexión que afecta nuestro presente, nuestros recuerdos y las formas en las que reconocemos nuestros ambientes. Aromas de cielo para mí son: el romero, la albahaca, la citronella, la canela, el clavo de olor, la tierra mojada, el café, las gardenias, las rosas, el incienso, y el vino tinto. Realmente las esencias aromáticas nos acercan y nos despiertan al presente porque, cuando llega un aroma bello a nosotros y lo hacemos nuestro, dejamos todo lo demás para entrar en ese instante perfecto y le ponemos atención. Eso me pasa cuando percibo el romero. En la entrada de mi casa tengo muchas plantas de romero. Cuando llueve se enriquece su perfume y todos en mi familia lo gozamos.

Los aromas también nos remontan al pasado. Acabamos de recibir unos muebles y objetos que pertenecían a mis suegros que fallecieron hace algunos años. Todo llegó cargado de aromas y el que más me gustó fue el de los libros antiguos que permanecieron mucho tiempo en un lugar cerrado. La Biblia de mi suegra me impresionó mucho. Es una Biblia grande, artística, que al abrirla tiene la invitación de pasarla de generación en generación como un gran tesoro (y vaya que lo es). Tiene imágenes muy bonitas como la de San Juan XXIII y del Siervo de Dios Monseñor Luis María Martínez. Siento presente a mi suegra en su Biblia y en todos los papelitos que guardó en ella como parte de su esencia. Me encontré un apunte de una clase de valores que ella preparó sobre el tema de la integridad. Sus ejemplos me gustaron mucho para platicarlos con mis hijos y decirles que su abuela les sigue enseñando desde el cielo. Reflexionar en estos aromas que vuelven me está llevando a entender de nuevas formas la fiesta de la Ascensión. Jesús se tuvo que ir para que llegara su Espíritu, el Espíritu Santo. Quizá también, como he leído en libros de Henri Nouwen, el que un ser querido se nos vaya, como sucedió con la muerte de mi suegra, era necesario para que su espíritu pudiera llegar, ya unido a Dios, y así ayudarnos en nuestro camino de vida. El aroma hermoso de mi suegra sigue con nosotros y ella definitivamente nos sigue inspirando.

Hay aromas en nuestro presente y traemos también al presente los aromas de nuestro pasado. Me gustaría también imaginar los aromas del futuro que tendrían que ser de esperanza, de renovación y de amor. A veces los olores no son agradables, pero aún así de ellos podemos aprender. Muchas veces nos pueden invitar a la compasión como es el caso de un lugar donde hay enfermos sin atender o calles muy pobres sin higiene. Ahí hay la posibilidad de valorar el sentido del olfato como invitación a la aceptación y a la más perfecta caridad. La santidad también implica educación de los sentidos para dirigirlos al amor, como lo hicieron la Madre Teresa de Calcuta entre los moribundos, San Damián de Molokai con los leprosos, San Juan de Dios en una institución de enfermos mentales o el Cardenal Van Thuan en una prisión.

Aromas, esencias, perfumes… Imagino el aroma a rosas que algunas personas distinguen frente a personas muy buenas en el momento de su muerte y eso me recuerda a Sta. Teresita de Lisieux. En honor a ella, como rosa que perfuma, les comparto este poema:

Soy la rosa arrodillada

que en su florecer perfuma y

dando su aroma a la luna

con su existir apantalla.

 

Soy la rosa oculta en casa,

silenciosa en empatía

que con su ser ya desplaza

cualquier ciencia o avaricia.

 

Mi simple esencia perfecta

en su nada llama al Todo,

quien la vuelve toda eterna,

distraída pero atenta.

 

Soy la rosa arrodillada

que ante el Amor manifiesto

siempre saluda contenta

en fragancia reflejada.

 

Mi rosa, tu rosa ardiente,

por sólo ser sin ser vista

suplica al más grande artista

la caricia del presente.

 

Como rosa acurrucada

florezco cada mañana

ante universos alternos

que me envían sus baladas.

 

Rosa siempre arrodillada,

sabiéndome libre y rara,

soy un bálsamo y tonada

en Jesús hipnotizada.

 

Los invito a pensar en su aroma favorito o en ese olor que los lleve a algún instante muy especial y bendecido de sus vidas. Demos gracias a Dios por el sentido del olfato y pidámosle que nos conceda la gracia de saber llevar con nosotros el dulce aroma de Jesús, como lo hicieron Sta. Teresita, Sta. Teresa de Calcuta, San Damián de Molokai y el Cardenal Van Thuan.

 

VOCES EN EL TIEMPO.

MARTHA MORENO