En la alegría de Jesús Resucitado sólo puedo pensar en el ideal de reconciliación. Jesús dio su vida para reconciliarnos con el Padre, para reconciliarnos con nosotros mismos y con nuestros hermanos. Nuestro mundo añora la paz y la unidad que Cristo nos vino a compartir. Su invitación fue precisamente la de “Sean Uno como el Padre y yo somos Uno”, pero seguimos sin entender esa petición porque continuamos divididos.
A los que en este tiempo pascual estamos rezando la Novena de la Misericordia, nos corresponde pedir hoy por nuestros hermanos separados. Santa Faustina Kowalska recibió la encomienda por parte de nuestro Señor de presentarle diferentes grupos de almas por nueve días iniciando el Viernes Santo: “Deseo que durante estos nueve días encamines almas hasta el manantial de mi Misericordia, para que encuentren allí la fortaleza, el refugio y toda aquella gracia que necesiten en las penalidades de la vida, y especialmente a la hora de la muerte. Cada día traerás a mi Corazón a un grupo de almas diferentes y las sumergirás en el océano de mi Misericordia y Yo conduciré todas esas almas a la mansión de mi Padre.”
Presentemos a Dios en este día a todos los cristianos del mundo y a los cristianos de todos los tiempos. ¿Es realmente posible la unidad y reconciliación de todos los cristianos? En Jesús Resucitado por supuesto que tiene que ser posible. “Pedir y se os dará”… Si el que lo pidió fue el mismo Cristo tenemos que entrar en esa invitación buscando primeramente la unidad en nuestro ser, en nuestras familias, comunidades y en la Iglesia. Nuestra oración debe estar impregnada de unidad y enraizada en la unidad. Nuestra vida debe anticipar la unidad mediante la reconciliación.
Una voz muy fuerte en el tema de la reconciliación fue la del Hermano Roger Schutz, fundador y prior de la comunidad ecuménica de Taizé. Fue gran amigo de San Juan XXIII y de San Juan Pablo II. De origen protestante recibió el ejemplo de esa búsqueda de la unidad por parte de su abuela. Ella acogía en su hogar a refugiados y acostumbraba asistir a un templo católico, siendo protestante, para pedir por todos los cristianos. Sufría mucho al ver a los cristianos divididos en distintas confesiones que peleaban y se mataban entre sí en Europa. Eran tiempos de guerra y esos conflictos, que venían de grandes resentimientos, sólo podían ser sanados con esfuerzos de reconciliación. Las dos aspiraciones de su abuela: acoger a los necesitados y reconciliar a los cristianos, motivaron a Roger a adquirir una finca en un pueblito de la Borgoña, Francia, llamado Taizé, y ahí se estableció con la misión de llevar una vida monástica al servicio de los más necesitados. Escondió y ayudó a muchos refugiados judíos en la Segunda Guerra Mundial. Viajó por muchos lugares del mundo sirviendo a los más débiles y dándoles esperanza. Su encuentro con el Papa Juan XXIII lo marcó fuertemente. Tanto Roger como sus hermanos de Taizé descubrieron la importancia de entrar en comunión con el pastor universal.
El hermano Roger dedicó gran parte de su tiempo a los jóvenes y ellos siguen siendo actualmente los huéspedes especiales de Taizé. Trabajó mucho de la mano de la Madre Teresa de Calcuta e incluso escribió varios libros con ella. En una de sus idas a la India recibió la invitación de la Madre Teresa de adoptar a una niña que estaba a punto de morir. El hermano Roger realizó esa labor con gran cariño y la niña creció saludable en la comunidad, viendo como madre a Genevieve, hermana del hermano Roger.
El hermano Roger murió un 16 de agosto del año 2005, al ser apuñalado por una mujer, al parecer enferma mental, durante un tiempo de oración. Tenía 90 años. Una persona tan llena de compasión e identificada con Cristo tuvo también la muerte de un mártir ofrecido por la humanidad.
Actualmente en Taizé conviven personas católicas y de diferentes denominaciones cristianas anticipando la unidad que nos ha pedido Jesús. Es una unidad de vida en espera de la unidad perfecta. Tanto los visitantes como los residentes celebran juntos, cantan y adoran a Dios en un ambiente de reconciliación y de paz. La música de este santuario de reconciliación es fuente de encuentro entre los jóvenes y Dios.
Retomando la alegría de Jesús Resucitado, escuchemos la voz del Hermano Roger de Taizé: “¿Dónde está la fuente de esperanza y de alegría? Está en Dios que nos busca incansablemente y encuentra en nosotros la belleza profunda del alma humana.”
Voces en el Tiempo.
Martha Moreno